Si le das a este enlace podrás leer esta prosa-poética que he publicado en mi blog Deseo Indigno. Gracias por tu amable atención. Saludos.
2/2/18
25/5/15
SILENCIOS CÓMPLICES
Hay momentos,
sólo
momentos,
en los que anhelaría
ser
poema,
cuyas palabras se conjugarían
en verbos de fe,
de plurales perfectos
y acentos sincopados.
Hay momentos,
sólo momentos,
en los que
disfrutaría
siendo canción,
con notas
sedosas
que suavicen
los ritmos,
de serena
ejecución
e imperturbable
armonía.
Pero no es
sencillo,
la
existencia no fluye apacible,
aquel
poema,
aquella canción,
se han
transformado
en pesadillas,
en
iracundas heridas,
en
silencios cómplices de traición.
18/5/15
TIEMPO DE ABUELOS
Apenas abierto el coche, todo mi ser se llenaba del olor a
lavanda y el sonido del viento del sur. Después, me quedaba quieto un instante
para absorber retazos de veranos pasados, esperando con ello recobrar la
ilusión de mis ansiadas llegadas precedentes. Mi abuela salía en mi búsqueda
mientras mis padres sacaban del portaequipajes mis maletas, saludaban
cortésmente y se marchaban con la excusa de sus trabajos tempranos.
-Corre, que abuelo te espera en el estudio.
Mi abuelo, el rey de las palabras, adornaba las páginas del
ordenador de belleza medida al dedillo. Su
sonoro beso se mezclaba con el recitado fragoroso de aquel poema que escribió
con mi nombre la primera vez que pise la casa. Los ojos me repasaban de cabo a
rabo, con esa sonrisa tras la cual se escondía el cariño, la sabiduría de la
edad que intentaba transmitirse como una caricia. Entonces salíamos de su
estudio de la mano, dirigíamos nuestros pasos hacia las escaleras y subíamos sabiendo
que el tiempo no existía entre nosotros, sólo las palabras eran capaces de
medir nuestros instantes. Abuela estaba desocupando mis maletas y nosotros la
ayudábamos.
Había empezado, como otros años, la felicidad sin parangón.
Todos los días, después del desayuno, mi abuela preparaba
los bocadillos para irnos a la playa fluvial de Villapalofrío. Esperábamos ansiosos
a que sonara el timbre de la cancela que tocaban nuestros vecinos de arriba de
la colina para iniciar juntos la marcha alegre hacia el refresco del verano. Antes,
le daba un beso al abuelo, que cuidaba con esmero aquellas flores
azul-violáceas que llenaban el jardín de un aroma celestial, y le decía adiós
con la mano. Comenzaba así, sin paliativos, mi juego con los niños amigos del
vecindario que hacíamos del camino una suerte de andanzas. Llegábamos a la
playa fluvial y no perdíamos ni un segundo en meternos en el agua. No sé para
qué habían gastado tanto dinero con la arena que descansaba al lado del río, nosotros
apenas le dábamos uso. Nada más salíamos del agua para comer o explorar los
alrededores del pueblo en busca de aventuras piratas que nos alejaran de todo
aburrimiento.
Aquel año habían venido unos veraneantes nuevos muy
remilgados que tenían a un llorica por hijo y, para más inri, nos obligaban a soportarlo. Nos escapábamos de
él a cada segundo para poder ponernos nuestros garfios y patas de palo sin que
sus continuas protestas nos hundieran el barco de aventuras.
-Javi, sé bueno y juega con el niño. Hazlo por tu abuela –me
decía implorante mi adorada yaya a sabiendas que por la tarde-noche mi abuelo
me premiaba con algún improperio sobre el niño de marras.
Un día, sin maldad alguna, nos metimos en el río y
comenzamos a nadar para la zona más profunda. El repipi nos amenazó con ir a
contárselo a los mayores. Todos a una, lo agarramos por piernas y brazos y lo
metimos más allá de las profundidades exploradas. Aprendimos que apenas sabía
nadar, que sus padres aún lo hacían peor y que los socorristas tenían muy malas
pulgas cuando los niños hacíamos, según ellos, gamberradas. Desde entonces,
solían ponerse alejados de nosotros, levantándose así la veda pirata y
regresando de nuevo la alegría.
A media tarde, tornaba al santuario de mi abuelo donde nada
más nos recordaba el tiempo un reloj de pared que marcaba las horas. Me sentaba
a su mesa sosegado y escribía sin cesar cuentos y cuentos que él me enseñaba a
redondear. Mientras tanto, la abuela, en otro cuarto, dejaba que su trabajo de
pintora derramara color por lienzos infinitos.
Rara era la tarde que no empezáramos nuestra sesión de
escritura contándole lo que hiciera el pejigueras ese día y mi abuelo
fantaseara con lo sucedido dándole el peso de aventura sin igual. Entrados ya en
ese mundo mágico, yo escribía y escribía acerca de esa pandilla pirata que huía
siempre de su enemigo acérrimo que intentaba hundirles la última picia ideada.
A cada poco le arreaba un codazo a mi abuelo para que leyera mi ocurrencia
postrera. Sus risas me indicaban que le gustaban las ideas pero siempre tenía
algún pero que mejoraba mi historia.
Aquella tarde fue especial. Le dije al abuelo que no le iba
a contar nada de la criatura, que lo iba a escribir para que él lo leyera.
Trabajé y trabajé sin cansarme lo más mínimo, la aventura iba saliendo poco a
poco. Hasta que llegó ese punto y final que me obligaba a enseñársela a mi
abuelo. Vi como la leía sin apenas mandarme hacer mejoras. Nunca corregí esos
pequeños detalles con tanta felicidad. Mientras lo hacía, mi abuelo quedó en un
duermevela de los que él tanto escribía. Yo no avanzaba en los arreglos del texto
si no salía una sonrisa de mis labios o un aja de mi boca. Estaba seguro que aquella
iba a ser mi primera historia publicada, mi futuro.
Acabé cuando el viento sur se había retirado de la colina y
había dado paso a una llovizna menuda traída por el viento del norte.
-Abuelo, abuelo, ya he terminado… Abuelo…
El reloj de pared había detenido el tiempo. Su sonido al dar
las horas se había sumado a un silencio perpetuo.
Se aproxima el final de ciclo. El lunes próximo, 25 de mayo, este blog dejará de publicarse por el momento ya que su autor se dispone a escribir una novela que le va a llevar mucho tiempo. No os perdáis ese final, va a ser con una poesía que seguro os encandilará. Hasta entonces, saludos literarios.
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11/5/15
EL GRAN BAILE
Año tras año se celebraba en Villapalofrío la competición de
quién iba más atusado al Gran Baile del Club de Golf. Cada boutique, cada
tienda de complementos, cada joyería, cada peluquería,…, bueno no, cada
peluquería no, había una destartalada barbería en pleno centro de la villa
cuyos dueños hacía tiempo que se habían quedado anticuados. Nadie se aproximaba
a sus puertas, el desprecio hacia los decrépitos viejos se traducía en la más
absoluta indiferencia.
Aquel año fue distinto, su nieto se hizo cargo del
establecimiento y la innovación iba más allá de una sorprendente mano de
pintura. Los peinados unisex destilaban un aire de elegante modernidad y la gente
más chic comenzó a visitar la peluquería. El boca a boca se encargó de la
publicidad, rompiendo así todos los records de reserva para el extraordinario Gran
Baile del siglo.
El Club jamás había sido decorado tan elegante. La
servidumbre lucía unos trajes de gran distinción. Los invitados se veían
flamantes en su habitual coquetería. Incluso contrataron a la orquesta de mayor
swing de cuantas actuaban en los clubs de finura. Al llegar la medianoche,
justo cuando empezaban los cambios de pareja más sexis de toda la alta
sociedad, los aspersores de incendio comenzaron a funcionar y la laca de los
peinados se convirtió en una masa pegajosa que destrozó la velada más delicada
de la historia.
Nadie se explicó como la barbería volvió a lucir su
desconchada pintura. Los viejos tornaron al trabajo con unas elegantes
sonrisas.Seguimos con esta cuenta atrás de despedida. Quedan un relato y una poesía para acabar de momento este blog. El lunes próximo, 18 de mayo, publicaremos el relato y dejaremos que sea la poesía la que cierre este ciclo el lunes 25 de mayo. Hasta entonces, sed buenos.
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4/5/15
ACTO SOCIAL
Siempre me resultó penoso asistir a este tipo de actos
sociales de dudosa efectividad. Los hay que asisten por morbosidad, los más;
otros por dolor, los menos; y después estamos los que asistimos por obligación.
Mi esposa Cuca está acostumbrada a escaquearse dejándome el muerto para mí. ¡Dios
santo! Ustedes perdonen por esta palabra tan desafortunada. En estas
circunstancias estaba mejor con la boca callada. Aunque veo que no soy el
único, vaya como están poniendo esos asistentes al finado. ¿No dicen que hoy es
el día de las alabanzas para el difunto? Éste debía de ser de armas tomar, ni
en su día le echan flores.
Aquí en Villapalofrío existe la tradición de beber por el
difunto una vez enterrado, pero este debía de ser un tacaño de órdago. Debe de
tener hasta contada el agua bendita. En fin, hoy no me podré coger una pequeña
peonza a la salud del fallecido. ¡Uf! Esas lumias dicen que su pobre esposa
quedó descansada. ¡Qué elementas! Vaya sambenito que nos cayó a los machos.
Ahí vienen con su ataúd. Muy tacaño no debía de ser, esa
caja no es de las baratas. Me voy a acercar a la familia para darles el pésame,
no quiero aguantar estoicamente el rollo de la misa. ¡Qué pelmazos! Todos rodean
a la viuda, como buitres. Voy a mirar si puedo acercarme a los hijos. ¡Peor me
lo pones! Parece que hay un hueco en las cercanías de la viuda. ¡Esta es la
mía! Pero, si es…, si es… ¡Cuca, mi mujer!
Comienza la cuenta atrás. Tres relatos y una poesía pondrán el broche de oro a este blog. Su autor se prepara para escribir una novela larga y no va a tener tiempo para él. El próximo lunes, 11 de mayo, volveremos con otro microrrelato que os va apasionar. Hasta entonces.
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20/4/15
MIEDO AL VACIO
Quiero intimidar al viento
en su bufido atronador.
Ansío asustar a la lluvia
en su chocar inhóspito con la vida.
Ambiciono amenazar a la nieve
en su estrepitoso caer de incomunicación.
Todo,
anhelo hacerlo todo,
para impedir mi miedo,
ese miedo a las palabras huecas,
a las palabras sin nombre,
escritas sobre espinas
forjadas en hierro
por mi corazón.
He vuelto. Lo he hecho antes de tiempo. No sé, esa sensación de vacío que te da estar lejos de tu blog puede ser el culpable. Pues aquí estoy, espero que os guste la sensación que he publicado hoy. El 4 de mayo, a las 9 de la mañana hora española, tendréis de nuevo una historia de Villapalofrío. No os la perdáis. Hasta entonces, saludos.
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13/4/15
16/2/15
CUERPOS REBOSANTES DE MENTIRAS
Cuerpos rebosantes de mentiras
recogidas en lagos de avenenciay abandonadas en ríos de acusación,
no clavéis vuestra inmundicia,
ni cantéis vuestros engaños,
ni tanteéis vuestra desidia,
dejadnos recorrer el pulcro camino
lejano del tedioso sendero
de la falacia,
dejadnos sentir el digno trinode los pájaros exultantes de la vida.

Cuerpos rebosantes de mentiras
pensad que el fruto que nace en nosotros
jamás se empodrece con la inquina,
con el alud de la sospecha,
con la mirada del asesino de la razón,
con el negro carbón de la calumnia,
apartad vuestra verborrea culpable
del viento suave de la existencia,
apartad la injuria chirriante
del placido fluir de la deferencia.
Cuerpos rebosantes de mentiras
no conseguiréis llenar nuestros corazones
de vuestra virulenta falsedad.
Llegó la hora del descanso, necesito relajarme y descansar antes de ponerme la toxina botulínica para mi lado derecho del cuerpo medio dormido. Volveré el 4 de mayo, a las 9 de la mañana, con otra aventura en Villapalofrío. El 18 de mayo podréis leer otra sensación. Hasta entonces, que seáis felices y la vida os sea todo ventura, saludos.
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2/2/15
EL PAN NUESTRO DE CADA DÍA
Al acabar el colegio, mi madre, que siempre se le dio bien el
repartir tareas, mandaba a cada hijo a realizar una. A mí, por ser el mayor, me
enviaba a su antiguo trabajo por encontrarse lejos de nuestro barrio de
Villacajón, uno de los más pobres de Villapalofrío. Jacinto, su antiguo jefe
antes de que su negocio fuera a menos por el dichoso supermercado que le
plantaron al lado, me tenía guardado pan y pastelillos hechos en su obrador.
Después de recogerlos, caminaba a toda prisa para ver si los niñatos del
colegio de pago no hubieran salido. Nunca había suerte. Un grupo de ellos,
entre los que se encontraban los nietos de las grandes familias, comenzaban a
insultarme y lanzarme piedras casi seguro recogidas por la mañana, antes de
entrar a clase.
Aquel día no llevaban piedras y eso me mosqueó mucho.
Comenzaron a perseguirme mientras gritaban que tenían hambre, que me iban a
comer los pastelillos y el pan. Corrí desesperado, con el miedo como acicate,
pasando por calles ajenas a mi calaña. De repente, apareció una iglesia muy
puesta, de esas que las mantillas no iban recosidas. Su párroco les gritó por
su nombre a los niños pijos, éstos recularon. Me acogió entre sus brazos y me
acarició.
-No te preocupes hijo mío, todo ha pasado. Entra conmigo a
rezarle a Dios a su casa.
Nunca pensé que rezarle a Dios fuera tan doloroso.
Nos volvemos a ver el 16 de febrero, lunes a las 9 de la mañana, con otra sensación que espero os guste.
El 4 de mayo, después de los dos meses de descanso que me he de tomar, estaré con todos vosotros en otra historia de Villapalofrío que os hará vibrar. Saludos.
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19/1/15
AROMA DE ESTÍO
que insinúa miradas lascivas,
llenas de luz,
de gozosas
añoranzas.
que saltan la vida,
que besan vigores,
que acontecen
recuerdos.
tan lleno de sofoco,
de mar desnuda,
de ardiente
verano.
El 16 de febrero tienes una nueva cita con otra sensación poética. Antes de ello, el 2 de febrero volveremos a Villapalofrío a correr una nueva aventura. Hasta entonces, a disfrutar.
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5/1/15
CUENTO DE NAVIDADES NEGRAS
Mis padres no soltaban prenda de adonde nos dirigíamos. Era
todo muy extraño. Una familia de tres miembros, víctima del paro, consumido
hace algún tiempo el subsidio de desempleo, había alquilado un tráiler gigantesco
para una mudanza repentina, sin saber muy bien de dónde saldría el dinero para
tal dislate.
-Ten confianza, verás qué sorpresa te vas a llevar –repetía
mi madre como si fuera una letanía de mi abuela.
Me entraban ganas de gritar, de pedir socorro cada vez que
pasábamos por el medio de algún pueblucho. Llegamos a una desviación que
rezaba: Villapalofrío, ni cortos ni perezosos la tomamos. No lejos de ella se
hallaba un pueblo con ínfulas de ciudad.
-Por favor, me puede indicar el camino para Villa Jardín
–preguntó la incauta de mi madre mientras bajaba la ventanilla. La lugareña nos observó con miedo en sus ojos y no contestó. Mi madre tuvo que repetir la pregunta unas cuantas veces más con resultado parecido, por no decir igual. Todo cambió al dar con una piba muy amable que no dudo en montarse en nuestra matraca y guiarnos. El lugar no se encontraba muy en el centro que se dijera, incluso había cerca de un kilómetro sin viviendas antes de llegar a él. La zona estaba llena de chalets, sin apenas personas por la calle y con pintadas que anunciaban que nos encontrábamos en el “barrio negro”.
-Pues aquí me quedo yo. Su chalet es el número siguiente.
Parece ser que vamos a ser vecinos –se bajó de golpe mientras me guiñaba un
ojo.
El tráiler de mudanzas se había encargado de dejar abierto
de par en par el portón. Entramos con la matraca y mi extrañeza se convirtió en
alucine: o íbamos a trabajar allí como criados, o nos lanzábamos a la vida de
okupas. Ante mí se presentaba una vivienda descomunal, un jardín inmenso, una
piscina tan grande como nuestra antigua casa y un embarcadero con su bote
flotando en el río. Todo era flipante.
Los primeros días fueron como una fiesta: los tres metidos
en el chalet, vagueando a lo ricachón, disfrutando de cada centímetro del lugar
y sin preguntarnos nada en absoluto. Todas las mañanas aparecía una señora con
nuestra compra, hacía todas las tareas de la casa y preparaba la comida para la
jornada. Sin duda nos había tocado la lotería, o algo parecido.
Fue el colegio más pijo que vi en mi vida. La piba resultó
ir a mi curso, a cuarto de la ESO, ser mi compañera de pupitre y mandar sobre
todos los demás alumnos del grupo. Hasta el que parecía un musculitos callaba
cuando ella le lanzaba miradas asesinas. Enseguida noté que me guardaban el
mismo respeto que a ella. Incluso los profesores gastaban una amabilidad que no
era de recibo.
De vuelta a casa conocí a todos los habitantes jóvenes de
Villa Jardín. Regresábamos juntos a los chalets, como si fuéramos una banda
dirigida a toque de miradas de la piba. Me acompañaron hasta mi chalet y se
despidieron uno a uno de mí. Mi vecina traspasó la puerta, me acompañó hasta mi
habitación y se sentó en mi cama. Sin yo pedírselo, la piba me aclaró lo que
estaba pasando. Mis padres habían sido contratados por una empresa de
prestamistas de la ciudad. Madre se incorporaría a sus contables y padre a los
recaudadores de deudas impagas. Villa Jardín era el lugar donde vivía toda la
gente que trabajaba para empresas de esa calaña. No me importó, por primera vez
en mi vida era alguien.
Un buen día me despertaron los gritos de mis padres. Él se
negaba a realizar algo y ella decía que de no hacerlo nos hundiría la vida. A
él le importaba un comino, no estaba dispuesto a pasar por ello. Ella aseguraba
que nunca había mantenido un empleo, cada vez que le intentaban ascender se
venía abajo. Un cómo se nota que no lo tienes que hacer tú zanjó la discusión.
Los ojos se me empezaron a abrir.
A la mañana siguiente, cuando iba para el colegio, el
conseguidor me salió al paso. Me dijo que la piba le había informado que lo
deseaba ver. Le expliqué mis intenciones. Se rio abiertamente. Aseguró que
tenía más agallas que mi padre. Me entregó un estuche y un sobre, después me estrechó amablemente la mano.Una vez hecho el encargo, el conseguidor me visitó con el primer cheque. La cifra que figuraba en él me dejó perplejo. Me llevé mayor susto cuando vi a un par de personas entrar cargados de regalos, era más de lo acordado. Los miembros de la panda de Villa Jardín no se lo podían imaginar, su nuevo jefe de miradas les iba a proporcionar un día alucinante. Antes de marchar, el conseguidor me felicitó por el trabajo bien hecho.
Desde entonces, cada vez que tenía un trabajo especial,
aparecía el Papa Noel de los prestamistas cargado de regalos. Daba lo mismo la
época del año que fuera, la navidad negra llenaba de alegría el barrio. A mí,
siempre tan serio y responsable, me traía un nuevo juego que mejorara mi
puntería. De esa forma, mis víctimas apenas se enteraban de mi visita.
15/12/14
SENSACIÓN
Cobijo en mi interior la sensación
de que el agua se oculta bajo la mar
del magma ardiente de la vida,
anhelando la calma después de la guerra,
del topetazo desalmado de la existencia.
Cobijo en mi interior la sensación
de que el sol ciega a las estrellas
en mitad de la concupiscente noche,
temeroso que las caricias tenues de luz
escondan ladinas las penas sentidas.
Cobijo en mi interior la sensación
de que la lluvia alienta al viento,
exhalando trompetas de traición
y rociando de inmundicias la existencia,
mientras el agostamiento rompe mis venas.
Cobijo en mi interior la
sensación
de que la sequía suplica a la abundancia,
saturada de sentimientos encontrados,
que deje entrar las ánimas afligidas
por sus esclusas vívidas de sinrazón.
Cobijo en mi interior la sensación
que tú, sí tú, has dejado de quererme.
Acuérdate que el próximo 5 de enero volverá Villapalofrío a este blog con un cuento de navidad, para entonces ya será 2015 por lo tanto te deseo feliz año y que pases unas fiestas cuando menos tranquilas. El día 19 de enero volverá una nueva sensación que espero te complazca. Hasta entonces.
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1/12/14
PERFECCIONISMO
Me parece que definirme como exigente es exagerado. Lo que
de verdad soy, es una persona perfeccionista. Imagínate la de veces que he
tenido que decirme: “Aguanta Mayuti, que el mundo está lleno de zarrapastrosos
y no merece la pena que pierdas los papeles”. Soy tan meticulosa, que todos los
domingos logro reunir a comer a mi prole y coloco a mis doce vástagos en el
sitio que les corresponde según hayan fastidiado más o menos a la yaya.
¿A qué venía esta comedura de tarro que os he soltado? ¡Ah!
Ya me acuerdo. Al campeonato anual de bridge que se celebra en el Real Club de
Golf de Villapalofrío. ¿Ya sabréis quién es siempre la ganadora? Por supuesto,
una servidora, que invariablemente juega con su elegante perfección. La de
ampollas que levanto entre mis oponentes con mí minucioso control del juego. Alguna
repugnante se atreve a decir que me dejan ganar para no enrabietarme. Con lo
modesta y fervorosa que soy. Voy a hablar del campeonato de bridge y dejarme de
tanta lumia repelente.
Mi agotadora preparación comenzaba un mes antes del evento
pero, este año, la competición coincidía con la puesta de largo de Piluchi, la
hija más simple e irritante que tengo, y al final tuve que entrenarme con dos
meses de antelación. Las constantes interrupciones del servicio, pidiéndome que
aprobara cualquier estupidez de la dichosa fiesta, eran agobiantes. Mi
preparadora personal, la mejor del país, me llamó la atención en multitud de
ocasiones hasta dejarme por imposible y abandonarme. No sabía qué hacer, los años con una persona
no son fáciles de suplir. Una sirvienta venida de algún estado del este se
ofreció para entrenarme. ¡Qué desfachatez! La despedí al momento y llamé a una
coach de Nueva York. Su color me repugnó al principio pero su destreza con la
baraja me ganó enseguida. Jamás había conseguido tal grado de dominio del
juego. Me hizo sentir más perfecta que la excelencia absoluta.
El campeonato dio su pistoletazo de salida cuando,
supuestamente, estaba arreglado todo lo de la puesta de largo. Me tocó jugar en
un grupo inicial de clasificación duro de pelar. Nada que yo no pudiera
resolver con mi destreza. Comencé mi participación enfrentándome a Mirta Andrea
de Jesús, una miembro de las dos grandes familias de Villapalofrío. Jugar no
jugaba un bombón, pero resulta que tenía como entrenadora a la fastidiosa criada
del este que yo había despedido. ¡Por todos los cielos! ¿Cómo había logrado dar
con ella? Le enseñó todas las trampas del manual y le exigió ponerlos en
práctica sin dilación. Logró desconcertarme en grado sumo, perdiendo mi
perfección más exquisita. La coach neoyorkina me ordenó desplegar mi caparazón
de paz, atacando a la enemiga con una estrategia innovadora. Fue entonces
cuando ella gritó “trampa”. Mi caída de ojos arrebatadora, unida al desmayo
dolido que ejecuté, hizo que todos los árbitros de la contienda se pusieran de
mi parte. Nunca les había caído bien que una criada se codeara con la alta
sociedad. A partir de ese momento todo fue coser y cantar.
Lo que no me esperaba yo era que la pelma de la niña no
quisiera las flores blancas que le había elegido el ama de llaves. Le hice
buscarlas por todas las floristerías de la capital. ¡Desagradecida! Así me
pagaba mis desvelos. Mandé a Maruchi, mi hermana solterona, que se enterara
dónde conseguir luces de discoteca, serpentinas y globos de colores que sustituyeran
a las virginales flores. Lo que no sabía yo era la vena macarra que tenía mi
hermana, logró todos mis encargos el mismo día que se los ordené. Tendré que
vigilar por donde me anda la muy mosquita muerta.
El gran sábado llegó sin darme cuenta. Iba a alternar entre
la gran final de bridge, que por supuesto jugaba, con la puesta de largo de
aquella papanatas. Me estaba preparando para iniciar mi deslumbrante fin de
semana cuando sonó exasperante el timbre de la verja de entrada a nuestra mansión.
Sirenas de coches irrumpieron en los jardines principales de la casa. Policías
de uniforme pululaban por todas partes. Traían una orden judicial para
registrar mi inexpugnable hogar. El inspector al mando esposó a mi marido como
a un vulgar ratero. Mi cónyuge me mandó llamar a sus abogados para que se pasaran
por comisaría. No sé muy bien lo que me dijo después. Algo con respecto a una contabilidad
B, a una defraudación a hacienda, a cuentas en Suiza y no sé cuántas cosas más.
Yo sólo podía que llorar. La mocosa se encargó de todo lo que había mandado su
padre. En mi cabeza sólo cogía la idea de que aquellos petimetres podían haber
esperado al lunes para que todo hubiera sido perfecto.
El tercer lunes de cada mes se volverá a publicar en este blog, pero en este caso la poesía, la prosa-poética,..., es decir, lo que denomino sensaciones. No os lo perdáis.
El 5 de enero, lunes, a las 9 de la mañana, se publicará una nueva aventura de Villapalofrío en un año nuevo. Ese día os traeré un delicioso cuento de navidad. ¡Qué os sea propicia!
El 5 de enero, lunes, a las 9 de la mañana, se publicará una nueva aventura de Villapalofrío en un año nuevo. Ese día os traeré un delicioso cuento de navidad. ¡Qué os sea propicia!
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4/11/14
PORQUÉ LO LLAMAN POLÍTICA CUANDO QUIEREN DECIR SEXO
Al acabar la universidad y volver para el pueblo, la derrota
sonaba angustiosa. Tenías que esconder de nuevo tu vida conquistada con mucho
sudor y regresar a esa caverna a la que sólo podían acceder tus amigos más íntimos.
Olvidabas atormentado que alguna vez fuiste libre y te inculcabas la orden de mesura. Querías escapar a otros confines
alejados de Villapalofrío, pero el dinero que necesitabas para tal aventura
estaba en un banco cerrado a tu mísera condición de apestado enigmático. Y eso
que a mí no se me notaba mucho su traba.
Fue a finales de agosto, paseando por el malecón fluvial mi
triste bañador de heterosexual compungido, cuando vi a Carlos, el dechado de
virtud del instituto, y me soltó, casi como una orden, que debería presentarme
a las oposiciones del ayuntamiento. Le di una excusa. Me devolvió insistencia.
Le respondí un tal vez. Me sacó de una carpeta los papeles de inscripción. Los
rellené a regañadientes. Me sonrió y me mandó llevarle a su despacho las fotocopias
de los méritos. Tuvo mi madre que acercarle los malditos papeles. Me controló
para que estudiara y me subrayó sospechosamente todos los apuntes que me había
conseguido por casualidad. Estudié para que mi padre no me soltara más de un
soplamocos. Llegado el día, Carlos me recogió en mi piso y me llevo al lugar
del examen. Pasé cariacontecido a mí pupitre. Comprobé que las preguntas
coincidían con lo subrayado. Me sobró mucho tiempo. Repasé sin sentido. Salí el
último para que nadie sospechara. Carlos me esperaba. Me invitó a comer con su
eterna novia desde el colegio. Sus sonrisas me recordaron su existencia de
papel cuche en mitad de un villorrio espeluznante.
No pasaron dos semanas y mi madre subió gritando escaleras
arriba. Las puertas de medio vecindario abrieron sus orejas y subieron a mi
piso. Besos, abrazos, envidias y algún comentario mal intencionado llenaron mi
habitación mientras yo dejaba que el pantalón tapara mis calzoncillos pudorosos.
Pronto vi llegar a Carlos a mi cocina. Interrumpía de forma constante mi
desayuno, ya casi frío, con estupideces de manual. Me aseguró que no dejaría
que mi puesto no fuera otro que el de secretario personal. En su despacho de
concejal de urbanismo había uno por chiripa. Todo aquello empezó a sonarme a
sexo.
El trabajo resultó no muy estresante. Empezaron las
palmaditas en mi espalda por cualquier excusa. A veces se escapaba alguna
nalgada con mirada lasciva. Su sonrisa continuaba recordándome su masculina infancia.
A ese niño, que no sabía por qué, siempre me había atraído aunque lo supiera
muy lejano. Rodeado por sus exquisitos amigos, volvía su cabeza para cruzar
conmigo su mirada. Esa mirada que me comía cuando despachaba con él la agenda
de la jornada. Un día me cayó el bolígrafo y nos agachamos los dos a recogerlo.
Sus labios mordieron los míos, a la vez que sus manos hurgaban en mis
pantalones. Fue nuestro primer encuentro, justo tres días antes de su boda de exclusiva
etiqueta. Sin querer, empecé de nuevo a amarlo. Sabía que era una tontería, que
para él no dejaba de ser un simple juego. Así todo no lo evité.
Viajes, congresos, trabajo hasta tarde,… fueron nuestras
excusas para encontrarnos. Me regaló todo tipo de objetos maravillosos mientras
que yo sólo le podía dar mi más sincero cariño. En la legislatura siguiente
pasó a ser el insigne alcalde. Nuestros escarceos empezaron a ser más
distantes. De pronto, su nombre se barajó como ministro y todas las quinielas
acertaron. Marcharon con toda prestancia él, su mujer, los criados de protocolo
y el lujo desde la cuna. Su amante maricón quedó olvidado entre los despachos
de altura insignificante.
Caí en el escalafón. Me degradaron a conserje de puerta
principal, donde todos pudieran repartirme el odio que sentían por el señor
ministro. Me apunté al partido de la oposición, con el consiguiente temor a que
sacara todos los trapos sucios que el antiguo alcalde me había contado. No me
vendí tan barato. Tenía mucha más clase que aquella gente de boato. Fui
nombrado secretario personal del portavoz de la oposición. La experiencia me
decía que en aquello había algo extraño. Pronto supe que el cargo implicaba las
mismas obligaciones que con el de Carlos. Obtuve menos regalos pero más respeto
y en el sexo encontré algunas dosis de amor. Al igual que el otro, lo llamaron
desde la corte, esta vez para ser diputado. Me llevó con él, logrando huir de
la mezquindad de aquel pueblo. Ganaron las siguientes elecciones. También lo
propusieron como ministro. Le ordenaron casarse y ser amante esposo. Los escarceos
los debería llevar con discreción. Éste lo habló todo conmigo, aunque la
decisión estaba tomada. Le dije que no, que el sexo escondido ya no iba conmigo,
estaba cansado de tanta mampara. Sólo le pedí que me facilitara el sueño de mi
vida. No hubo problemas.
Al fin era feliz. Mi librería contaba con la presencia de algunos
escritores de vanguardia. Mi vida sentimental se alojaba con una persona
maravillosa. De vez en cuando, y sin hacer mucho ruido, me encontraba con ellos
dos en algún café. Sentía que la libertad respiraba a mi lado.
La lección estaba aprendida. Algunos nacimos para amar a las
personas. Otros lo hicieron para poseer las cosas. Y los más ociosos, aquellos
que más aparecían en los periódicos, para detentar cargos que los alabaran.
Hola de nuevo a todos. Ahora ya es público y lo puedo contar. He recibido el premio Llectura pa Rapazos de Secundaria y Bachiller de la Academia de la Llingua Asturiana con la novela juvenil "Tyan". Ha sido una alegría inmensa y a partir de ahora seguiré publicando en el blog el primer lunes de cada mes para poder hacer frente a nuevos retos literarios. Saludos a todos y hasta el 1de diciembre, lunes, porque a partir de ahora serán los lunes el día señalado.
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5/8/14
AGUA DE LAGARTIJAS
La familia del señor siempre le tuvo cierta inquina. Nunca perdonaron
su actitud díscola para con sus padres. El punto álgido de la gresca ocurrió
cuando se negó a casarse con la mujer que le habían designado. Nadie se había
atrevido a desplante tal a la familia Girón de Meneses, una de las dos grandes
familias de Villapalofrío desde tiempos inmemorables. Vio como lo apartaron de
su lado, desterrándolo a la soledad más mezquina e insultándole con el
insidioso trabajo de capataz. Sin embargo, su ánimo no se dejó doblegar por
menudencias de calibre tan mundano.
A la muerte de su real padre, don Álvaro Genaro Sebastián
Girón de Meneses, recibió únicamente la herencia legítima consistente en unos
terruños distantes de toda población y ausentes de cualquier fuente de agua que
los hicieran productivos. Bueno, también recibió a este diablo que les habla. Pobre
señor, menuda ganancia recibía.
La herencia fue un auténtico despropósito: lo trabajado
durante el día veía como se desbarataba por la noche. Parece ser que la
intervención de ciertas alimañas fue el origen de tal problema. Mi señor,
cansado de tanta sabandija, adecentó una casa de aquellas malditas tierras y
nos fuimos a malvivir a ella. Lo poco que lográbamos sacar a tan marchita huerta
casi no lograba alimentar ni a un ratón. El señor intentó pedir préstamos para
comprar animales que nos sacaran de pobres, pero las sabandijas ya se habían
encargado de que nos los negaran.
Un buen día, el señor salió en dirección a las montañas
vecinas y no volvió a dar señales de vida en horas. Nada más llegar, me mandó
acostarme de inmediato. Sorprendido, le pregunté si no vigilábamos aquella
noche.
-No te preocupes, tiempos vendrán en los que las alimañas
morderán la carroña que le sobre a esta tierra. Descansa ahora, que mañana hará
falta toda nuestra fuerza.
Aquella noche apareció agua en una cueva próxima a la casa
que se deslizó por mitad de su tierra y desapareció por una sima sin tardanza. Hubo
quien habló de magia negra. Algunos se atrevieron a decir que fue un pacto con
el diablo. Ciertos personajes, muy
influyentes, removieron Roma con Santiago hasta lograr la intervención de la
iglesia. Pero mi señor los recibió a todos por igual: con un buen vaso de agua
y algunos desatinos bien hilvanados.
Las cosas empezaron a cambiar mucho: contrató jornaleros, compró
animales, regó las huertas cultivables… Todo iba de rechupete y la gente del
pueblo comenzaba a apoyar a mí amo. Bueno, no todos los hombres del pueblo lo
hacían. Judas, o sea yo, empezó a
fallarle. Sus asquerosos hermanos me obligaron a ejercer de espía a cambio de que
no echaran a mis padres y hermanos de sus fincas.
Mis informes les llegaron con asiduidad. En ellos repetía una y otra vez que no había
nada extraño en la finca, que todo lo que hacía el señor en ella era legal.
Entonces fue cuando se fijaron en las lagartijas que aparecieron al mismo
tiempo que el agua y a las que mi señor tanto cuidaba. Dijeron que no eran unas
lagartijas normales, que su raza no figuraba en ningún libro de herpetología. Quisieron
saber de dónde habían salido tan inmundos bichos y para qué los destinaba mí
amo. Le pregunté directamente al señor y así solventé tan estúpida duda. Me
dijo que las había comprado a un buhonero de paso, quien le aseguró que eran
unas lagartijas de la suerte que, cuantos más colores mostraran, más dicha le
darían. Los rufianes consideraron que, como siempre, era una de las tantas
chaladuras de su hermano y apartaron sus ojos de tan infectos personajes.
Una noche de verano, los señores de Villapalofrío organizaban
su caza anual de búhos. Las piezas más increíbles se resguardaban en las
tierras del señor y éste vigilaba que los muy animales cazadores no las mataran.
Estando haciendo su ronda, una chavalería de cierta estupidez refinada quiso
reírse de él y empezaron a disparar al aire. El sonido era cercano, demasiado
cercano. Mi señor reculó. Empezaron entonces a disparar desde su espalda. No
supo qué hacer. Las balas se mezclaban con las risas. De pronto, a uno de los
niñatos se le escapó el rifle. Un grito insolente trajo el silencio. Las
carreras timoratas alzaron el vuelo. Las rodillas se le clavaron en la tierra.
Pobre señor, siempre tan humano, hasta en la hora de su muerte. En aquel
momento, las lagartijas lo rodearon e intentaron darle su último aliento. Se
les había escapado el color. La tristeza dejó a la suerte partir.
Para la autoridad fue un accidente. Para los hombres de pro
fue alguna bala que se perdió del búho al que iba dirigida. Para el pueblo,…
¿alguna vez importó lo que pensaba el pueblo?
Su cuerpo lo velamos aquellos que aprendimos la palabra
solidaridad. Los que nada más se guían por crear riqueza se preocuparon por
buscar al notario y leer antes de tiempo el testamento. Las lagartijas le
trajeron la suerte al señor y el señor les dio a las lagartijas sus terrenos cuando
no los necesitó. Eran sus únicas herederas. Aquella noche hubo otra caza, una
con más saña, que acabó con la vida de hasta la última lagartija.
Apenas cerraron su sepultura, abrieron su testamento. Al no
quedar herederas vivas, la familia se hacía cargo de todo. El llanto se vio
tapado por las risas, por el triunfo de los acostumbrados siempre a ganar. Cuando
fueron a tomar posesión de su legado, se encontraron con las tierras secas de
antaño. Nada valían cuando se las dieron al señor y nada valen ahora que se las
retornan.
Desde entonces, cuando alguien del pueblo tiene sed, pide
agua de lagartijas. Entonces, las risas aún se escapan por las esquinas.
Hola amigos, los dos próximos meses voy a preparar dos relatos cortos para sendos concursos literarios. Por ello, dejaré de publicar este blog, que volverá el 4 de noviembre, martes, con una nueva aventura de Villapalofrío. Quizás entonces tenga alguna sorpresa que daros.
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1/7/14
LOCA DE AMOR
La plaza mayor y el bulevar fluvial eran el centro de
reunión que la juventud plebeya de Villapalofrío teníamos. La penuria monetaria
nos obligaba a pasar las tardes contándonos las vidas que no teníamos y
bailando al compás de nuestras desafinadas voces. La alegría que caracterizaba
a nuestra desfachatez mal educada molestaba a los veraneantes ilustres, que protestaron
con contundencia a las autoridades democráticamente impuestas. Raudos y veloces
se comprometieron a resolver el problema a sus señorías.
La contestación a tan brillante caos no se dejó esperar. Las
aceras, los jardinillos y los portales sirvieron para reposar nuestras jóvenes
y mundanas posaderas sin que los guardas de los bancos pudieran decirnos nada. Aunque,
de cuando en cuando, nos atrevíamos a descansar en algún banco vacío, con la
consiguiente visita de la policía local que nos mostraban sus lustrosas porras de
una forma vehemente.
Al principio no nos fijamos en ella: tan menuda, tan pequeña,
tan vieja que parecía que su presencia no tuviera importancia. Todas las tardes
la desalojaban del mismo banco con potentes gritos policiales que se mezclaban con
una suave protesta de anciana. Aquellos refinados veraneantes le buscaron enseguida
un nombre despectivo a la abuela: la loca del banco. La miraban con su desdén
más adorable y se reían con su vulgar porte. Seguro que era una radical que
pretendía romper su calmada paz monetaria.
A nosotros nos atrajo su loca sensatez y preguntamos a nuestros
familiares más próximos por su pasado. Nos informaron de que gastaba sus días
sentada en el mismo banco; todo comenzó cuando la hambruna de la posguerra llevó
a su novio a las lejanas américas. Sobre lo ocurrido entonces hubo varias interpretaciones,
pero a nosotros nos sedujo la más romántica. Antes de marchar el mozo, y con
sus manos entrelazadas, se prometieron amor eterno. Él mandaría a por ella una
vez que hubiera juntado el dinero para su pasaje. Ella esperaría su vuelta para
buscarla sentada en aquel mismo banco. Al principio le llegaban cartas cuatro o
cinco días al mes. Pronto se conformó con una solitaria misiva mensual. Enseguida
pasaron a ser una vez al trimestre, hasta finalizar con la friolera de una al
año. De repente, dejaron de llegarle. Ella no se rindió ante tan clara
situación y siguió impertérrita en el banco a pesar que le llovieron propuestas
de matrimonio. Su hermosura se fue tornando en dulzura, que a su vez se mezcló
con tristeza profunda. Nunca abandonó su puesto. Si algún día volvía él, allí
la encontraría, en el mismo lugar donde la dejó al partir.
Sin hablarlo siquiera unas pandillas con otras, comenzamos a
sentarnos alrededor del banco. Los guardas cada vez tenían que atravesar más y
más chavalería, además de recibir el abucheo de media plaza, si querían
aproximarse a la anciana. Los inmaculados veraneantes parecían haberse rendido
ante afrenta tal. Fue entonces cuando la rebautizamos como la loca de amor.
Un día, nuestra entrañable abuelita no acudió a su cita.
Preocupados, comenzamos a recorrer todo el pueblo en su búsqueda. La
encontramos en su casa, llena de moratones y soltando sus últimos suspiros. Los
cobardes perros de la canallada de verano le habían castigado por su
radicalidad. La oscuridad siempre les gustó a los lobos para atacar.
Desaparecimos de las vidas de la gente supuestamente digna
que nos asqueaba. Villapalofrío parecía un pueblo fantasma si no fuera por las
elegantes caminatas y las adorables charlas con las que nos deleitaban tan
refinados asesinos. Las tiendas no les vendían por razones peregrinas colocadas
en los carteles de los escaparates. Los bancos aparecían ensuciados por mil
inmundicias que apestaban. Las paredes se desconchaban con los exabruptos
pintados por algunos gamberretes. El día de su funeral no se atrevieron ni a
respirar. Nuestra loca de amor era la muerta más engalanada, más llorada, más
acompañada,... de todo Villapalofrío.
A las pocas semanas, apareció un viejo con su sombrero
panamá y su traje blanco. Se sentó en el mismo banco que la loca de amor. Los
guardas enseguida fueron a levantarlo. Sus guardaespaldas los pararon. Llegó la
policía local y el señor les saco su pasaporte. Los canallas lo saludaron y se
marcharon. El anciano compró una corona de flores y se dirigió al cementerio.
Le seguí con mi malsana curiosidad. Fue a su tumba. Desde ella pudo leer miles
de pintadas que contaban su deslealtad a la loca de amor y la cobarde villanía
que los de su casta le habían hecho.
Llega julio y con él nos viene el periodo estival en el hemisferio norte. A partir de ahora publicaré cada primer martes de mes un relato, uno al mes. He empezado con este relato que ha sido de lo más hermoso que he escrito. Espero que os haya gustado. Nos vemos pues el 5 de agosto, martes, con una nueva aventura de Villapalofrío.
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Llega julio y con él nos viene el periodo estival en el hemisferio norte. A partir de ahora publicaré cada primer martes de mes un relato, uno al mes. He empezado con este relato que ha sido de lo más hermoso que he escrito. Espero que os haya gustado. Nos vemos pues el 5 de agosto, martes, con una nueva aventura de Villapalofrío.
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