2/2/18

BARCA DEL TIEMPO

Si le das a este enlace podrás leer esta prosa-poética que he publicado en mi blog Deseo Indigno. Gracias por tu amable atención. Saludos.




25/5/15

SILENCIOS CÓMPLICES





Hay momentos,

                        sólo momentos,

en los que anhelaría

                                   ser poema,

cuyas palabras se conjugarían

en verbos de fe,

de plurales perfectos

y acentos sincopados.

Hay momentos,

                        sólo momentos,

en los que disfrutaría

                        siendo canción,

con notas sedosas

que suavicen los ritmos,

de serena ejecución

e imperturbable armonía.

Pero no es sencillo,

la existencia no fluye apacible,

aquel poema,

                        aquella canción,

se han transformado

                        en pesadillas,

en iracundas heridas,

en silencios cómplices de traición.
 
 
Bueno compis, hasta aquí ha llegado este ciclo en el blog Diario de Incontinencia. Otras nuevas aventuras me esperan que deseo sean tan fructíferas como el blog. En él me he construido como escritor, tanto por mis escritos como por los que he leído de todos vosotros. Me ha encantado formar parte de esta familia de aventureros literarios que recorren mil espacios cibernéticos para llevar sus sueños. Os echaré de menos. Adiós, cuidaros.
 
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18/5/15

TIEMPO DE ABUELOS


Apenas abierto el coche, todo mi ser se llenaba del olor a lavanda y el sonido del viento del sur. Después, me quedaba quieto un instante para absorber retazos de veranos pasados, esperando con ello recobrar la ilusión de mis ansiadas llegadas precedentes. Mi abuela salía en mi búsqueda mientras mis padres sacaban del portaequipajes mis maletas, saludaban cortésmente y se marchaban con la excusa de sus trabajos tempranos.
-Corre, que abuelo te espera en el estudio.

Mi abuelo, el rey de las palabras, adornaba las páginas del ordenador de belleza medida al dedillo.  Su sonoro beso se mezclaba con el recitado fragoroso de aquel poema que escribió con mi nombre la primera vez que pise la casa. Los ojos me repasaban de cabo a rabo, con esa sonrisa tras la cual se escondía el cariño, la sabiduría de la edad que intentaba transmitirse como una caricia. Entonces salíamos de su estudio de la mano, dirigíamos nuestros pasos hacia las escaleras y subíamos sabiendo que el tiempo no existía entre nosotros, sólo las palabras eran capaces de medir nuestros instantes. Abuela estaba desocupando mis maletas y nosotros la ayudábamos.
Había empezado, como otros años, la felicidad sin parangón.

 

Todos los días, después del desayuno, mi abuela preparaba los bocadillos para irnos a la playa fluvial de Villapalofrío. Esperábamos ansiosos a que sonara el timbre de la cancela que tocaban nuestros vecinos de arriba de la colina para iniciar juntos la marcha alegre hacia el refresco del verano. Antes, le daba un beso al abuelo, que cuidaba con esmero aquellas flores azul-violáceas que llenaban el jardín de un aroma celestial, y le decía adiós con la mano. Comenzaba así, sin paliativos, mi juego con los niños amigos del vecindario que hacíamos del camino una suerte de andanzas. Llegábamos a la playa fluvial y no perdíamos ni un segundo en meternos en el agua. No sé para qué habían gastado tanto dinero con la arena que descansaba al lado del río, nosotros apenas le dábamos uso. Nada más salíamos del agua para comer o explorar los alrededores del pueblo en busca de aventuras piratas que nos alejaran de todo aburrimiento.
Aquel año habían venido unos veraneantes nuevos muy remilgados que tenían a un llorica por hijo y, para más inri,  nos obligaban a soportarlo. Nos escapábamos de él a cada segundo para poder ponernos nuestros garfios y patas de palo sin que sus continuas protestas nos hundieran el barco de aventuras.

-Javi, sé bueno y juega con el niño. Hazlo por tu abuela –me decía implorante mi adorada yaya a sabiendas que por la tarde-noche mi abuelo me premiaba con algún improperio sobre el niño de marras.
Un día, sin maldad alguna, nos metimos en el río y comenzamos a nadar para la zona más profunda. El repipi nos amenazó con ir a contárselo a los mayores. Todos a una, lo agarramos por piernas y brazos y lo metimos más allá de las profundidades exploradas. Aprendimos que apenas sabía nadar, que sus padres aún lo hacían peor y que los socorristas tenían muy malas pulgas cuando los niños hacíamos, según ellos, gamberradas. Desde entonces, solían ponerse alejados de nosotros, levantándose así la veda pirata y regresando de nuevo la alegría.

 

A media tarde, tornaba al santuario de mi abuelo donde nada más nos recordaba el tiempo un reloj de pared que marcaba las horas. Me sentaba a su mesa sosegado y escribía sin cesar cuentos y cuentos que él me enseñaba a redondear. Mientras tanto, la abuela, en otro cuarto, dejaba que su trabajo de pintora derramara color por lienzos infinitos.
Rara era la tarde que no empezáramos nuestra sesión de escritura contándole lo que hiciera el pejigueras ese día y mi abuelo fantaseara con lo sucedido dándole el peso de aventura sin igual. Entrados ya en ese mundo mágico, yo escribía y escribía acerca de esa pandilla pirata que huía siempre de su enemigo acérrimo que intentaba hundirles la última picia ideada. A cada poco le arreaba un codazo a mi abuelo para que leyera mi ocurrencia postrera. Sus risas me indicaban que le gustaban las ideas pero siempre tenía algún pero que mejoraba mi historia.

Aquella tarde fue especial. Le dije al abuelo que no le iba a contar nada de la criatura, que lo iba a escribir para que él lo leyera. Trabajé y trabajé sin cansarme lo más mínimo, la aventura iba saliendo poco a poco. Hasta que llegó ese punto y final que me obligaba a enseñársela a mi abuelo. Vi como la leía sin apenas mandarme hacer mejoras. Nunca corregí esos pequeños detalles con tanta felicidad. Mientras lo hacía, mi abuelo quedó en un duermevela de los que él tanto escribía. Yo no avanzaba en los arreglos del texto si no salía una sonrisa de mis labios o un aja de mi boca. Estaba seguro que aquella iba a ser mi primera historia publicada, mi futuro.

 

Acabé cuando el viento sur se había retirado de la colina y había dado paso a una llovizna menuda traída por el viento del norte.
-Abuelo, abuelo, ya he terminado… Abuelo…

El reloj de pared había detenido el tiempo. Su sonido al dar las horas se había sumado a un silencio perpetuo.



Se aproxima el final de ciclo. El lunes próximo, 25 de mayo, este blog dejará de publicarse por el momento ya que su autor se dispone a escribir una novela que le va a llevar mucho tiempo. No os perdáis ese final, va a ser con una poesía que seguro os encandilará. Hasta entonces, saludos literarios.


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11/5/15

EL GRAN BAILE


 
Año tras año se celebraba en Villapalofrío la competición de quién iba más atusado al Gran Baile del Club de Golf. Cada boutique, cada tienda de complementos, cada joyería, cada peluquería,…, bueno no, cada peluquería no, había una destartalada barbería en pleno centro de la villa cuyos dueños hacía tiempo que se habían quedado anticuados. Nadie se aproximaba a sus puertas, el desprecio hacia los decrépitos viejos se traducía en la más absoluta indiferencia.
Aquel año fue distinto, su nieto se hizo cargo del establecimiento y la innovación iba más allá de una sorprendente mano de pintura. Los peinados unisex destilaban un aire de elegante modernidad y la gente más chic comenzó a visitar la peluquería. El boca a boca se encargó de la publicidad, rompiendo así todos los records de reserva para el extraordinario Gran Baile del siglo.

El Club jamás había sido decorado tan elegante. La servidumbre lucía unos trajes de gran distinción. Los invitados se veían flamantes en su habitual coquetería. Incluso contrataron a la orquesta de mayor swing de cuantas actuaban en los clubs de finura. Al llegar la medianoche, justo cuando empezaban los cambios de pareja más sexis de toda la alta sociedad, los aspersores de incendio comenzaron a funcionar y la laca de los peinados se convirtió en una masa pegajosa que destrozó la velada más delicada de la historia.
Nadie se explicó como la barbería volvió a lucir su desconchada pintura. Los viejos tornaron al trabajo con unas elegantes sonrisas.



Seguimos con esta cuenta atrás de despedida. Quedan un relato y una poesía para acabar de momento este blog. El lunes próximo, 18 de mayo, publicaremos el relato y dejaremos que sea la poesía la que cierre este ciclo el lunes 25 de mayo. Hasta entonces, sed buenos.


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4/5/15

ACTO SOCIAL


 
Siempre me resultó penoso asistir a este tipo de actos sociales de dudosa efectividad. Los hay que asisten por morbosidad, los más; otros por dolor, los menos; y después estamos los que asistimos por obligación. Mi esposa Cuca está acostumbrada a escaquearse dejándome el muerto para mí. ¡Dios santo! Ustedes perdonen por esta palabra tan desafortunada. En estas circunstancias estaba mejor con la boca callada. Aunque veo que no soy el único, vaya como están poniendo esos asistentes al finado. ¿No dicen que hoy es el día de las alabanzas para el difunto? Éste debía de ser de armas tomar, ni en su día le echan flores.

Aquí en Villapalofrío existe la tradición de beber por el difunto una vez enterrado, pero este debía de ser un tacaño de órdago. Debe de tener hasta contada el agua bendita. En fin, hoy no me podré coger una pequeña peonza a la salud del fallecido. ¡Uf! Esas lumias dicen que su pobre esposa quedó descansada. ¡Qué elementas! Vaya sambenito que nos cayó a los machos.

Ahí vienen con su ataúd. Muy tacaño no debía de ser, esa caja no es de las baratas. Me voy a acercar a la familia para darles el pésame, no quiero aguantar estoicamente el rollo de la misa. ¡Qué pelmazos! Todos rodean a la viuda, como buitres. Voy a mirar si puedo acercarme a los hijos. ¡Peor me lo pones! Parece que hay un hueco en las cercanías de la viuda. ¡Esta es la mía! Pero, si es…, si es… ¡Cuca, mi mujer!




Comienza la cuenta atrás. Tres relatos y una poesía pondrán el broche de oro a este blog. Su autor se prepara para escribir una novela larga y no va a tener tiempo para él. El próximo lunes, 11 de mayo, volveremos con otro microrrelato que os va apasionar. Hasta entonces.



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20/4/15

MIEDO AL VACIO





Quiero intimidar al viento
en su bufido atronador.
Ansío asustar a la lluvia
en su chocar inhóspito con la vida.
Ambiciono amenazar a la nieve
en su estrepitoso caer de incomunicación.
Todo,
anhelo hacerlo todo,
para impedir mi miedo,
ese miedo a las palabras huecas,
a las palabras sin nombre,
escritas sobre espinas
forjadas en hierro
por mi corazón.
 
He vuelto. Lo he hecho antes de tiempo. No sé, esa sensación de vacío que te da estar lejos de tu blog puede ser el culpable. Pues aquí estoy, espero que os guste la sensación que he publicado hoy. El 4 de mayo, a las 9 de la mañana hora española, tendréis de nuevo una historia de Villapalofrío. No os la perdáis. Hasta entonces, saludos.
 
 
 
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13/4/15


AVISO URGENTE: Tengo mono, auténtico mono de blog. Por ello me voy a pegar un chutazo de entrada antes de tiempo. El lunes 20 de abril publicaré una sensación bajo el título de Miedo al Vacío. No os la perdáis.

16/2/15

CUERPOS REBOSANTES DE MENTIRAS



Cuerpos rebosantes de mentiras
recogidas en lagos de avenencia

y abandonadas en ríos de acusación,

no clavéis vuestra inmundicia,

ni cantéis vuestros engaños,

ni tanteéis vuestra desidia,
dejadnos recorrer el pulcro camino

lejano del  tedioso sendero de la falacia,
dejadnos sentir el digno trino

de los pájaros exultantes de la vida.

 

Cuerpos rebosantes de mentiras
pensad que el fruto que nace en nosotros
jamás se empodrece con la inquina,
con el alud de la sospecha,
con la mirada del asesino de la razón,
con el negro carbón de la calumnia,
apartad vuestra verborrea culpable
del viento suave de la existencia,
apartad la injuria chirriante
del placido fluir de la deferencia.
 














 
 
Cuerpos rebosantes de mentiras
no conseguiréis llenar nuestros corazones
de vuestra virulenta falsedad.
 

Llegó la hora del descanso, necesito relajarme y descansar antes de ponerme la toxina botulínica para mi lado derecho del cuerpo medio dormido. Volveré el 4 de mayo, a las 9 de la mañana, con otra aventura en Villapalofrío. El 18 de mayo podréis leer otra sensación. Hasta entonces, que seáis felices y la vida os sea todo ventura, saludos.

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2/2/15

EL PAN NUESTRO DE CADA DÍA


 
Al acabar el colegio, mi madre, que siempre se le dio bien el repartir tareas, mandaba a cada hijo a realizar una. A mí, por ser el mayor, me enviaba a su antiguo trabajo por encontrarse lejos de nuestro barrio de Villacajón, uno de los más pobres de Villapalofrío. Jacinto, su antiguo jefe antes de que su negocio fuera a menos por el dichoso supermercado que le plantaron al lado, me tenía guardado pan y pastelillos hechos en su obrador. Después de recogerlos, caminaba a toda prisa para ver si los niñatos del colegio de pago no hubieran salido. Nunca había suerte. Un grupo de ellos, entre los que se encontraban los nietos de las grandes familias, comenzaban a insultarme y lanzarme piedras casi seguro recogidas por la mañana, antes de entrar a clase.

Aquel día no llevaban piedras y eso me mosqueó mucho. Comenzaron a perseguirme mientras gritaban que tenían hambre, que me iban a comer los pastelillos y el pan. Corrí desesperado, con el miedo como acicate, pasando por calles ajenas a mi calaña. De repente, apareció una iglesia muy puesta, de esas que las mantillas no iban recosidas. Su párroco les gritó por su nombre a los niños pijos, éstos recularon. Me acogió entre sus brazos y me acarició.

-No te preocupes hijo mío, todo ha pasado. Entra conmigo a rezarle a Dios a su casa.

Nunca pensé que rezarle a Dios fuera tan doloroso.


Nos volvemos a ver el 16 de febrero, lunes a las 9 de la mañana, con otra sensación que espero os guste.

El 4 de mayo, después de los dos meses de descanso que me he de tomar, estaré con todos vosotros en otra historia de Villapalofrío que os hará vibrar. Saludos.

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19/1/15

AROMA DE ESTÍO





Bulliciosa senda de festiva evocación
que insinúa miradas lascivas,
llenas de luz,
de gozosas
añoranzas.
 
Olas de malecón que rompen,
que saltan la vida,
que besan vigores,
que acontecen
recuerdos.
 
Anhelo volver a vuestro tiempo,
tan lleno de sofoco,
de mar desnuda,
de ardiente
verano.


 


El 16 de febrero tienes una nueva cita con otra sensación poética. Antes de ello, el 2 de febrero volveremos a Villapalofrío a correr una nueva aventura. Hasta entonces, a disfrutar.
 
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5/1/15

CUENTO DE NAVIDADES NEGRAS


Mis padres no soltaban prenda de adonde nos dirigíamos. Era todo muy extraño. Una familia de tres miembros, víctima del paro, consumido hace algún tiempo el subsidio de desempleo, había alquilado un tráiler gigantesco para una mudanza repentina, sin saber muy bien de dónde saldría el dinero para tal dislate.
-Ten confianza, verás qué sorpresa te vas a llevar –repetía mi madre como si fuera una letanía de mi abuela.

Me entraban ganas de gritar, de pedir socorro cada vez que pasábamos por el medio de algún pueblucho. Llegamos a una desviación que rezaba: Villapalofrío, ni cortos ni perezosos la tomamos. No lejos de ella se hallaba un pueblo con ínfulas de ciudad.
-Por favor, me puede indicar el camino para Villa Jardín –preguntó la incauta de mi madre mientras bajaba la ventanilla.

La lugareña nos observó con miedo en sus ojos y no contestó. Mi madre tuvo que repetir la pregunta unas cuantas veces más con resultado parecido, por no decir igual. Todo cambió al dar con una piba muy amable que no dudo en montarse en nuestra matraca y guiarnos. El lugar no se encontraba muy en el centro que se dijera, incluso había cerca de un kilómetro sin viviendas antes de llegar a él. La zona estaba llena de chalets, sin apenas personas por la calle y con pintadas que anunciaban que nos encontrábamos en el “barrio negro”.

-Pues aquí me quedo yo. Su chalet es el número siguiente. Parece ser que vamos a ser vecinos –se bajó de golpe mientras me guiñaba un ojo.
El tráiler de mudanzas se había encargado de dejar abierto de par en par el portón. Entramos con la matraca y mi extrañeza se convirtió en alucine: o íbamos a trabajar allí como criados, o nos lanzábamos a la vida de okupas. Ante mí se presentaba una vivienda descomunal, un jardín inmenso, una piscina tan grande como nuestra antigua casa y un embarcadero con su bote flotando en el río. Todo era flipante.

 

Los primeros días fueron como una fiesta: los tres metidos en el chalet, vagueando a lo ricachón, disfrutando de cada centímetro del lugar y sin preguntarnos nada en absoluto. Todas las mañanas aparecía una señora con nuestra compra, hacía todas las tareas de la casa y preparaba la comida para la jornada. Sin duda nos había tocado la lotería, o algo parecido.
Un buen día surgió de la nada un hombre a quien mi padre llamó el conseguidor. Me acuerdo que me traía un uniforme de colegio privado, una mochila y todo lo necesario para hacer a un chaval infeliz. Me dijo que mi vecina me vendría a buscar, que me preparara, mientras les preguntaba a mis padres si estaban listos para el curro. Todo aquello me olía mal. Bueno, lo de mi vecina no.

Fue el colegio más pijo que vi en mi vida. La piba resultó ir a mi curso, a cuarto de la ESO, ser mi compañera de pupitre y mandar sobre todos los demás alumnos del grupo. Hasta el que parecía un musculitos callaba cuando ella le lanzaba miradas asesinas. Enseguida noté que me guardaban el mismo respeto que a ella. Incluso los profesores gastaban una amabilidad que no era de recibo.
De vuelta a casa conocí a todos los habitantes jóvenes de Villa Jardín. Regresábamos juntos a los chalets, como si fuéramos una banda dirigida a toque de miradas de la piba. Me acompañaron hasta mi chalet y se despidieron uno a uno de mí. Mi vecina traspasó la puerta, me acompañó hasta mi habitación y se sentó en mi cama. Sin yo pedírselo, la piba me aclaró lo que estaba pasando. Mis padres habían sido contratados por una empresa de prestamistas de la ciudad. Madre se incorporaría a sus contables y padre a los recaudadores de deudas impagas. Villa Jardín era el lugar donde vivía toda la gente que trabajaba para empresas de esa calaña. No me importó, por primera vez en mi vida era alguien.

 

Un buen día me despertaron los gritos de mis padres. Él se negaba a realizar algo y ella decía que de no hacerlo nos hundiría la vida. A él le importaba un comino, no estaba dispuesto a pasar por ello. Ella aseguraba que nunca había mantenido un empleo, cada vez que le intentaban ascender se venía abajo. Un cómo se nota que no lo tienes que hacer tú zanjó la discusión. Los ojos se me empezaron a abrir.
A la mañana siguiente, cuando iba para el colegio, el conseguidor me salió al paso. Me dijo que la piba le había informado que lo deseaba ver. Le expliqué mis intenciones. Se rio abiertamente. Aseguró que tenía más agallas que mi padre. Me entregó un estuche y un sobre,  después me estrechó amablemente la mano.

Una vez hecho el encargo, el conseguidor me visitó con el primer cheque. La cifra que figuraba en él me dejó perplejo. Me llevé mayor susto cuando vi a un par de personas entrar cargados de regalos, era más de lo acordado. Los miembros de la panda de Villa Jardín no se lo podían imaginar, su nuevo jefe de miradas les iba a proporcionar un día alucinante. Antes de marchar, el conseguidor me felicitó por el trabajo bien hecho.

Desde entonces, cada vez que tenía un trabajo especial, aparecía el Papa Noel de los prestamistas cargado de regalos. Daba lo mismo la época del año que fuera, la navidad negra llenaba de alegría el barrio. A mí, siempre tan serio y responsable, me traía un nuevo juego que mejorara mi puntería. De esa forma, mis víctimas apenas se enteraban de mi visita.

 

Acordaros que el tercer lunes de cada mes toca publicar una nueva sensación. No os la perdáis.

El lunes 2 de febrero, a las 9 de la mañana, se publicará el próximo relato de Villapalofrío. ¡Qué estas navidades no os hayan dejado mucho carbón negro!
 
 
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15/12/14

SENSACIÓN





Cobijo en mi interior la sensación
de que el agua se oculta bajo la mar
del magma ardiente de la vida,
anhelando la calma después de la guerra,
del topetazo desalmado de la existencia.
Cobijo en mi interior la sensación
de que el sol ciega a las estrellas
en mitad de la concupiscente noche,
temeroso que las caricias tenues de luz
escondan ladinas las penas sentidas.
Cobijo en mi interior la sensación
de que la lluvia alienta al viento,
exhalando trompetas de traición
y rociando de inmundicias la existencia,
mientras el agostamiento rompe mis venas.
Cobijo en mi interior la sensación
de que la sequía suplica a la abundancia,
saturada de sentimientos encontrados,
que deje entrar las ánimas afligidas
por sus esclusas vívidas de sinrazón.
Cobijo en mi interior la sensación
que tú, sí tú, has dejado de quererme.
 
Acuérdate que el próximo 5 de enero volverá Villapalofrío a este blog con un cuento de navidad, para entonces ya será 2015 por lo tanto te deseo feliz año y que pases unas fiestas cuando menos tranquilas. El día 19 de enero volverá una nueva sensación que espero te complazca. Hasta entonces.




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1/12/14

PERFECCIONISMO


Me parece que definirme como exigente es exagerado. Lo que de verdad soy, es una persona perfeccionista. Imagínate la de veces que he tenido que decirme: “Aguanta Mayuti, que el mundo está lleno de zarrapastrosos y no merece la pena que pierdas los papeles”. Soy tan meticulosa, que todos los domingos logro reunir a comer a mi prole y coloco a mis doce vástagos en el sitio que les corresponde según hayan fastidiado más o menos a la yaya.
¿A qué venía esta comedura de tarro que os he soltado? ¡Ah! Ya me acuerdo. Al campeonato anual de bridge que se celebra en el Real Club de Golf de Villapalofrío. ¿Ya sabréis quién es siempre la ganadora? Por supuesto, una servidora, que invariablemente juega con su elegante perfección. La de ampollas que levanto entre mis oponentes con mí minucioso control del juego. Alguna repugnante se atreve a decir que me dejan ganar para no enrabietarme. Con lo modesta y fervorosa que soy. Voy a hablar del campeonato de bridge y dejarme de tanta lumia repelente.

Mi agotadora preparación comenzaba un mes antes del evento pero, este año, la competición coincidía con la puesta de largo de Piluchi, la hija más simple e irritante que tengo, y al final tuve que entrenarme con dos meses de antelación. Las constantes interrupciones del servicio, pidiéndome que aprobara cualquier estupidez de la dichosa fiesta, eran agobiantes. Mi preparadora personal, la mejor del país, me llamó la atención en multitud de ocasiones hasta dejarme por imposible y abandonarme.  No sabía qué hacer, los años con una persona no son fáciles de suplir. Una sirvienta venida de algún estado del este se ofreció para entrenarme. ¡Qué desfachatez! La despedí al momento y llamé a una coach de Nueva York. Su color me repugnó al principio pero su destreza con la baraja me ganó enseguida. Jamás había conseguido tal grado de dominio del juego. Me hizo sentir más perfecta que la excelencia absoluta.
Estando absorta en mi entrenamiento, vino la egoísta de mi hija a romperme la concentración. A la niñata no le servía la orquesta que sus profesoras de canto y piano le habían seleccionado. Y todo porque había otro grupo donde cantaba cierto mozalbete cuya hermosura había conquistado su necedad de adolescente. Ese era el problema de dejar la educación de tus retoños en manos de institutrices modernas y decadentes. Las clases inferiores, por mucho que hayan estudiado,  jamás están a la altura. Estuve dos noches meditando el asunto hasta llegar a una entente que rozaba la genialidad: contratar al petimetre para que le cantara, con la gran orquesta, algún temilla que otro. Mi hija me dio un beso que resonó en todo el palacio. ¡Qué vulgaridad!

 

El campeonato dio su pistoletazo de salida cuando, supuestamente, estaba arreglado todo lo de la puesta de largo. Me tocó jugar en un grupo inicial de clasificación duro de pelar. Nada que yo no pudiera resolver con mi destreza. Comencé mi participación enfrentándome a Mirta Andrea de Jesús, una miembro de las dos grandes familias de Villapalofrío. Jugar no jugaba un bombón, pero resulta que tenía como entrenadora a la fastidiosa criada del este que yo había despedido. ¡Por todos los cielos! ¿Cómo había logrado dar con ella? Le enseñó todas las trampas del manual y le exigió ponerlos en práctica sin dilación. Logró desconcertarme en grado sumo, perdiendo mi perfección más exquisita. La coach neoyorkina me ordenó desplegar mi caparazón de paz, atacando a la enemiga con una estrategia innovadora. Fue entonces cuando ella gritó “trampa”. Mi caída de ojos arrebatadora, unida al desmayo dolido que ejecuté, hizo que todos los árbitros de la contienda se pusieran de mi parte. Nunca les había caído bien que una criada se codeara con la alta sociedad. A partir de ese momento todo fue coser y cantar.
Lo que no me esperaba yo era que la pelma de la niña no quisiera las flores blancas que le había elegido el ama de llaves. Le hice buscarlas por todas las floristerías de la capital. ¡Desagradecida! Así me pagaba mis desvelos. Mandé a Maruchi, mi hermana solterona, que se enterara dónde conseguir luces de discoteca, serpentinas y globos de colores que sustituyeran a las virginales flores. Lo que no sabía yo era la vena macarra que tenía mi hermana, logró todos mis encargos el mismo día que se los ordené. Tendré que vigilar por donde me anda la muy mosquita muerta.

El gran sábado llegó sin darme cuenta. Iba a alternar entre la gran final de bridge, que por supuesto jugaba, con la puesta de largo de aquella papanatas. Me estaba preparando para iniciar mi deslumbrante fin de semana cuando sonó exasperante el timbre de la verja de entrada a nuestra mansión. Sirenas de coches irrumpieron en los jardines principales de la casa. Policías de uniforme pululaban por todas partes. Traían una orden judicial para registrar mi inexpugnable hogar. El inspector al mando esposó a mi marido como a un vulgar ratero. Mi cónyuge me mandó llamar a sus abogados para que se pasaran por comisaría. No sé muy bien lo que me dijo después. Algo con respecto a una contabilidad B, a una defraudación a hacienda, a cuentas en Suiza y no sé cuántas cosas más. Yo sólo podía que llorar. La mocosa se encargó de todo lo que había mandado su padre. En mi cabeza sólo cogía la idea de que aquellos petimetres podían haber esperado al lunes para que todo hubiera sido perfecto.
 
 
El tercer lunes de cada mes se volverá a publicar en este blog, pero en este caso la poesía, la prosa-poética,..., es decir, lo que denomino sensaciones. No os lo perdáis.

El 5 de enero, lunes, a las 9 de la mañana, se publicará una nueva aventura de Villapalofrío en un año nuevo. Ese día os traeré un delicioso cuento de navidad. ¡Qué os sea propicia!
 
 
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4/11/14

PORQUÉ LO LLAMAN POLÍTICA CUANDO QUIEREN DECIR SEXO


Al acabar la universidad y volver para el pueblo, la derrota sonaba angustiosa. Tenías que esconder de nuevo tu vida conquistada con mucho sudor y regresar a esa caverna a la que sólo podían acceder tus amigos más íntimos. Olvidabas atormentado que alguna vez fuiste libre y te inculcabas  la orden de mesura. Querías escapar a otros confines alejados de Villapalofrío, pero el dinero que necesitabas para tal aventura estaba en un banco cerrado a tu mísera condición de apestado enigmático. Y eso que a mí no se me notaba mucho su traba.
Fue a finales de agosto, paseando por el malecón fluvial mi triste bañador de heterosexual compungido, cuando vi a Carlos, el dechado de virtud del instituto, y me soltó, casi como una orden, que debería presentarme a las oposiciones del ayuntamiento. Le di una excusa. Me devolvió insistencia. Le respondí un tal vez. Me sacó de una carpeta los papeles de inscripción. Los rellené a regañadientes. Me sonrió y me mandó llevarle a su despacho las fotocopias de los méritos. Tuvo mi madre que acercarle los malditos papeles. Me controló para que estudiara y me subrayó sospechosamente todos los apuntes que me había conseguido por casualidad. Estudié para que mi padre no me soltara más de un soplamocos. Llegado el día, Carlos me recogió en mi piso y me llevo al lugar del examen. Pasé cariacontecido a mí pupitre. Comprobé que las preguntas coincidían con lo subrayado. Me sobró mucho tiempo. Repasé sin sentido. Salí el último para que nadie sospechara. Carlos me esperaba. Me invitó a comer con su eterna novia desde el colegio. Sus sonrisas me recordaron su existencia de papel cuche en mitad de un villorrio espeluznante.

No pasaron dos semanas y mi madre subió gritando escaleras arriba. Las puertas de medio vecindario abrieron sus orejas y subieron a mi piso. Besos, abrazos, envidias y algún comentario mal intencionado llenaron mi habitación mientras yo dejaba que el pantalón tapara mis calzoncillos pudorosos. Pronto vi llegar a Carlos a mi cocina. Interrumpía de forma constante mi desayuno, ya casi frío, con estupideces de manual. Me aseguró que no dejaría que mi puesto no fuera otro que el de secretario personal. En su despacho de concejal de urbanismo había uno por chiripa. Todo aquello empezó a sonarme a sexo.

 

El trabajo resultó no muy estresante. Empezaron las palmaditas en mi espalda por cualquier excusa. A veces se escapaba alguna nalgada con mirada lasciva. Su sonrisa continuaba recordándome su masculina infancia. A ese niño, que no sabía por qué, siempre me había atraído aunque lo supiera muy lejano. Rodeado por sus exquisitos amigos, volvía su cabeza para cruzar conmigo su mirada. Esa mirada que me comía cuando despachaba con él la agenda de la jornada. Un día me cayó el bolígrafo y nos agachamos los dos a recogerlo. Sus labios mordieron los míos, a la vez que sus manos hurgaban en mis pantalones. Fue nuestro primer encuentro, justo tres días antes de su boda de exclusiva etiqueta. Sin querer, empecé de nuevo a amarlo. Sabía que era una tontería, que para él no dejaba de ser un simple juego. Así todo no lo evité.
Viajes, congresos, trabajo hasta tarde,… fueron nuestras excusas para encontrarnos. Me regaló todo tipo de objetos maravillosos mientras que yo sólo le podía dar mi más sincero cariño. En la legislatura siguiente pasó a ser el insigne alcalde. Nuestros escarceos empezaron a ser más distantes. De pronto, su nombre se barajó como ministro y todas las quinielas acertaron. Marcharon con toda prestancia él, su mujer, los criados de protocolo y el lujo desde la cuna. Su amante maricón quedó olvidado entre los despachos de altura insignificante.

 

Caí en el escalafón. Me degradaron a conserje de puerta principal, donde todos pudieran repartirme el odio que sentían por el señor ministro. Me apunté al partido de la oposición, con el consiguiente temor a que sacara todos los trapos sucios que el antiguo alcalde me había contado. No me vendí tan barato. Tenía mucha más clase que aquella gente de boato. Fui nombrado secretario personal del portavoz de la oposición. La experiencia me decía que en aquello había algo extraño. Pronto supe que el cargo implicaba las mismas obligaciones que con el de Carlos. Obtuve menos regalos pero más respeto y en el sexo encontré algunas dosis de amor. Al igual que el otro, lo llamaron desde la corte, esta vez para ser diputado. Me llevó con él, logrando huir de la mezquindad de aquel pueblo. Ganaron las siguientes elecciones. También lo propusieron como ministro. Le ordenaron casarse y ser amante esposo. Los escarceos los debería llevar con discreción. Éste lo habló todo conmigo, aunque la decisión estaba tomada. Le dije que no, que el sexo escondido ya no iba conmigo, estaba cansado de tanta mampara. Sólo le pedí que me facilitara el sueño de mi vida. No hubo problemas.
Al fin era feliz. Mi librería contaba con la presencia de algunos escritores de vanguardia. Mi vida sentimental se alojaba con una persona maravillosa. De vez en cuando, y sin hacer mucho ruido, me encontraba con ellos dos en algún café. Sentía que la libertad respiraba a mi lado.

La lección estaba aprendida. Algunos nacimos para amar a las personas. Otros lo hicieron para poseer las cosas. Y los más ociosos, aquellos que más aparecían en los periódicos, para detentar cargos que los alabaran.


Hola de nuevo a todos. Ahora ya es público y lo puedo contar. He recibido el premio Llectura pa Rapazos de Secundaria y Bachiller de la Academia de la Llingua Asturiana con la novela juvenil "Tyan". Ha sido una alegría inmensa y a partir de ahora seguiré publicando en el blog el primer lunes de cada mes para poder hacer frente a nuevos retos literarios. Saludos a todos y hasta el 1de diciembre, lunes, porque a partir de ahora serán los lunes el día señalado.

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5/8/14

AGUA DE LAGARTIJAS


La familia del señor siempre le tuvo cierta inquina. Nunca perdonaron su actitud díscola para con sus padres. El punto álgido de la gresca ocurrió cuando se negó a casarse con la mujer que le habían designado. Nadie se había atrevido a desplante tal a la familia Girón de Meneses, una de las dos grandes familias de Villapalofrío desde tiempos inmemorables. Vio como lo apartaron de su lado, desterrándolo a la soledad más mezquina e insultándole con el insidioso trabajo de capataz. Sin embargo, su ánimo no se dejó doblegar por menudencias de calibre tan mundano.
A la muerte de su real padre, don Álvaro Genaro Sebastián Girón de Meneses, recibió únicamente la herencia legítima consistente en unos terruños distantes de toda población y ausentes de cualquier fuente de agua que los hicieran productivos. Bueno, también recibió a este diablo que les habla. Pobre señor, menuda ganancia recibía.

 

La herencia fue un auténtico despropósito: lo trabajado durante el día veía como se desbarataba por la noche. Parece ser que la intervención de ciertas alimañas fue el origen de tal problema. Mi señor, cansado de tanta sabandija, adecentó una casa de aquellas malditas tierras y nos fuimos a malvivir a ella. Lo poco que lográbamos sacar a tan marchita huerta casi no lograba alimentar ni a un ratón. El señor intentó pedir préstamos para comprar animales que nos sacaran de pobres, pero las sabandijas ya se habían encargado de que nos los negaran.
Un buen día, el señor salió en dirección a las montañas vecinas y no volvió a dar señales de vida en horas. Nada más llegar, me mandó acostarme de inmediato. Sorprendido, le pregunté si no vigilábamos aquella noche.

-No te preocupes, tiempos vendrán en los que las alimañas morderán la carroña que le sobre a esta tierra. Descansa ahora, que mañana hará falta toda nuestra fuerza.
Aquella noche apareció agua en una cueva próxima a la casa que se deslizó por mitad de su tierra y desapareció por una sima sin tardanza. Hubo quien habló de magia negra. Algunos se atrevieron a decir que fue un pacto con el diablo. Ciertos personajes,  muy influyentes, removieron Roma con Santiago hasta lograr la intervención de la iglesia. Pero mi señor los recibió a todos por igual: con un buen vaso de agua y algunos desatinos bien hilvanados.

 

Las cosas empezaron a cambiar mucho: contrató jornaleros, compró animales, regó las huertas cultivables… Todo iba de rechupete y la gente del pueblo comenzaba a apoyar a mí amo. Bueno, no todos los hombres del pueblo lo hacían.  Judas, o sea yo, empezó a fallarle. Sus asquerosos hermanos me obligaron a ejercer de espía a cambio de que no echaran a mis padres y hermanos de sus fincas.
Mis informes les llegaron con asiduidad.  En ellos repetía una y otra vez que no había nada extraño en la finca, que todo lo que hacía el señor en ella era legal. Entonces fue cuando se fijaron en las lagartijas que aparecieron al mismo tiempo que el agua y a las que mi señor tanto cuidaba. Dijeron que no eran unas lagartijas normales, que su raza no figuraba en ningún libro de herpetología. Quisieron saber de dónde habían salido tan inmundos bichos y para qué los destinaba mí amo. Le pregunté directamente al señor y así solventé tan estúpida duda. Me dijo que las había comprado a un buhonero de paso, quien le aseguró que eran unas lagartijas de la suerte que, cuantos más colores mostraran, más dicha le darían. Los rufianes consideraron que, como siempre, era una de las tantas chaladuras de su hermano y apartaron sus ojos de tan infectos personajes.

 

Una noche de verano, los señores de Villapalofrío organizaban su caza anual de búhos. Las piezas más increíbles se resguardaban en las tierras del señor y éste vigilaba que los muy animales cazadores no las mataran. Estando haciendo su ronda, una chavalería de cierta estupidez refinada quiso reírse de él y empezaron a disparar al aire. El sonido era cercano, demasiado cercano. Mi señor reculó. Empezaron entonces a disparar desde su espalda. No supo qué hacer. Las balas se mezclaban con las risas. De pronto, a uno de los niñatos se le escapó el rifle. Un grito insolente trajo el silencio. Las carreras timoratas alzaron el vuelo. Las rodillas se le clavaron en la tierra. Pobre señor, siempre tan humano, hasta en la hora de su muerte. En aquel momento, las lagartijas lo rodearon e intentaron darle su último aliento. Se les había escapado el color. La tristeza dejó a la suerte partir.
Para la autoridad fue un accidente. Para los hombres de pro fue alguna bala que se perdió del búho al que iba dirigida. Para el pueblo,… ¿alguna vez importó lo que pensaba el pueblo?

 

Su cuerpo lo velamos aquellos que aprendimos la palabra solidaridad. Los que nada más se guían por crear riqueza se preocuparon por buscar al notario y leer antes de tiempo el testamento. Las lagartijas le trajeron la suerte al señor  y el señor  les dio a las lagartijas sus terrenos cuando no los necesitó. Eran sus únicas herederas. Aquella noche hubo otra caza, una con más saña, que acabó con la vida de hasta la última lagartija.
Apenas cerraron su sepultura, abrieron su testamento. Al no quedar herederas vivas, la familia se hacía cargo de todo. El llanto se vio tapado por las risas, por el triunfo de los acostumbrados siempre a ganar. Cuando fueron a tomar posesión de su legado, se encontraron con las tierras secas de antaño. Nada valían cuando se las dieron al señor y nada valen ahora que se las retornan.

Desde entonces, cuando alguien del pueblo tiene sed, pide agua de lagartijas. Entonces, las risas aún se escapan por las esquinas.
 
 
 Hola amigos, los dos próximos meses voy a preparar dos relatos cortos para sendos concursos literarios. Por ello, dejaré de publicar este blog, que volverá el 4 de noviembre, martes, con una nueva aventura de Villapalofrío. Quizás entonces tenga alguna sorpresa que daros.
 
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1/7/14

LOCA DE AMOR


La plaza mayor y el bulevar fluvial eran el centro de reunión que la juventud plebeya de Villapalofrío teníamos. La penuria monetaria nos obligaba a pasar las tardes contándonos las vidas que no teníamos y bailando al compás de nuestras desafinadas voces. La alegría que caracterizaba a nuestra desfachatez mal educada molestaba a los veraneantes ilustres, que protestaron con contundencia a las autoridades democráticamente impuestas. Raudos y veloces se comprometieron a resolver el problema a sus señorías.
El otoño y el invierno sirvieron para enfriar la cuestión, pero en primavera surgió una idea disparatada entre las cabezas pensantes del consistorio. Fue en el mes de mayo cuando se aprobó la privatización de los bancos para sentarse en la plaza mayor y el bulevar fluvial. No era una medida para todo el año, que va, sólo se realizaría de junio a setiembre, cuando nuestros reputados visitantes nos alegraban con su presencia. Mira si lo tendrían todo pensado, que la mujer de alcalde poseía una empresa de parquímetros para bancos de descanso.

La contestación a tan brillante caos no se dejó esperar. Las aceras, los jardinillos y los portales sirvieron para reposar nuestras jóvenes y mundanas posaderas sin que los guardas de los bancos pudieran decirnos nada. Aunque, de cuando en cuando, nos atrevíamos a descansar en algún banco vacío, con la consiguiente visita de la policía local que nos mostraban sus lustrosas porras de una forma vehemente.

 

Al principio no nos fijamos en ella: tan menuda, tan pequeña, tan vieja que parecía que su presencia no tuviera importancia. Todas las tardes la desalojaban del mismo banco con potentes gritos policiales que se mezclaban con una suave protesta de anciana. Aquellos refinados veraneantes le buscaron enseguida un nombre despectivo a la abuela: la loca del banco. La miraban con su desdén más adorable y se reían con su vulgar porte. Seguro que era una radical que pretendía romper su calmada paz monetaria.
A nosotros nos atrajo su loca sensatez y preguntamos a nuestros familiares más próximos por su pasado. Nos informaron de que gastaba sus días sentada en el mismo banco; todo comenzó cuando la hambruna de la posguerra llevó a su novio a las lejanas américas. Sobre lo ocurrido entonces hubo varias interpretaciones, pero a nosotros nos sedujo la más romántica. Antes de marchar el mozo, y con sus manos entrelazadas, se prometieron amor eterno. Él mandaría a por ella una vez que hubiera juntado el dinero para su pasaje. Ella esperaría su vuelta para buscarla sentada en aquel mismo banco. Al principio le llegaban cartas cuatro o cinco días al mes. Pronto se conformó con una solitaria misiva mensual. Enseguida pasaron a ser una vez al trimestre, hasta finalizar con la friolera de una al año. De repente, dejaron de llegarle. Ella no se rindió ante tan clara situación y siguió impertérrita en el banco a pesar que le llovieron propuestas de matrimonio. Su hermosura se fue tornando en dulzura, que a su vez se mezcló con tristeza profunda. Nunca abandonó su puesto. Si algún día volvía él, allí la encontraría, en el mismo lugar donde la dejó al partir.

 

Sin hablarlo siquiera unas pandillas con otras, comenzamos a sentarnos alrededor del banco. Los guardas cada vez tenían que atravesar más y más chavalería, además de recibir el abucheo de media plaza, si querían aproximarse a la anciana. Los inmaculados veraneantes parecían haberse rendido ante afrenta tal. Fue entonces cuando la rebautizamos como la loca de amor.
Un día, nuestra entrañable abuelita no acudió a su cita. Preocupados, comenzamos a recorrer todo el pueblo en su búsqueda. La encontramos en su casa, llena de moratones y soltando sus últimos suspiros. Los cobardes perros de la canallada de verano le habían castigado por su radicalidad. La oscuridad siempre les gustó a los lobos para atacar.

Desaparecimos de las vidas de la gente supuestamente digna que nos asqueaba. Villapalofrío parecía un pueblo fantasma si no fuera por las elegantes caminatas y las adorables charlas con las que nos deleitaban tan refinados asesinos. Las tiendas no les vendían por razones peregrinas colocadas en los carteles de los escaparates. Los bancos aparecían ensuciados por mil inmundicias que apestaban. Las paredes se desconchaban con los exabruptos pintados por algunos gamberretes. El día de su funeral no se atrevieron ni a respirar. Nuestra loca de amor era la muerta más engalanada, más llorada, más acompañada,... de todo Villapalofrío.

 


A las pocas semanas, apareció un viejo con su sombrero panamá y su traje blanco. Se sentó en el mismo banco que la loca de amor. Los guardas enseguida fueron a levantarlo. Sus guardaespaldas los pararon. Llegó la policía local y el señor les saco su pasaporte. Los canallas lo saludaron y se marcharon. El anciano compró una corona de flores y se dirigió al cementerio. Le seguí con mi malsana curiosidad. Fue a su tumba. Desde ella pudo leer miles de pintadas que contaban su deslealtad a la loca de amor y la cobarde villanía que los de su casta le habían hecho.





Llega julio y con él nos viene el periodo estival en el hemisferio norte. A partir de ahora publicaré cada primer martes de mes un relato, uno al mes. He empezado con este relato que ha sido de lo más hermoso que he escrito. Espero que os haya gustado. Nos vemos pues el 5 de agosto, martes, con una nueva aventura de Villapalofrío.



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