RECATO DIVINO
Su fama de casquivana le persiguía por todos los vericuetos del matrimonio. Su marido compró aquel plumífero para que la vigilara. Nada más que se acercaba a la casa en busca de su mujer, el loro repetía sin cesar las últimas palabras del amante de turno. Por mucho que ella se pusiera a hacer encaje de bolillos, a tricotar o a hacer ensaimadas, el muy cuco le retiraba su soldada, le llevaba a la casa del pueblo unos días y le regañaba.
Pasados dos años, el loro dejó de recitar las palabras licenciosas a las que tenía a todo el mundo acostumbrado. Nada más que significaba una cosa, su mujer se había recatado y comenzaba a ir por buen camino. Se hizo de misa diaria. Por las tardes iba a la sacristía a coser ropa y a planchar para los pobres. Entró como miembro de honor de adoración nocturna y, después de dejarle la cena preparada para su marido, marchaba a tan sacra misión.
En señal de confianza, el marido se deshizo del loro y le compró un collar de diamantes. Sin embargo, ella comenzó a adelgazar y a encerrarse en casa. Su marido le preguntó:
-¿Qué te pasa cariño?
Ella callaba y escuchaba. A lo lejos se oía la voz de la lorita del convento diciéndole:
-Si no vuelve mi loro del alma, tú no rezas con todo dios.
Ilustrado:
Miguel Jiménez