Siempre me resultó penoso asistir a este tipo de actos
sociales de dudosa efectividad. Los hay que asisten por morbosidad, los más;
otros por dolor, los menos; y después estamos los que asistimos por obligación.
Mi esposa Cuca está acostumbrada a escaquearse dejándome el muerto para mí. ¡Dios
santo! Ustedes perdonen por esta palabra tan desafortunada. En estas
circunstancias estaba mejor con la boca callada. Aunque veo que no soy el
único, vaya como están poniendo esos asistentes al finado. ¿No dicen que hoy es
el día de las alabanzas para el difunto? Éste debía de ser de armas tomar, ni
en su día le echan flores.
Aquí en Villapalofrío existe la tradición de beber por el
difunto una vez enterrado, pero este debía de ser un tacaño de órdago. Debe de
tener hasta contada el agua bendita. En fin, hoy no me podré coger una pequeña
peonza a la salud del fallecido. ¡Uf! Esas lumias dicen que su pobre esposa
quedó descansada. ¡Qué elementas! Vaya sambenito que nos cayó a los machos.
Ahí vienen con su ataúd. Muy tacaño no debía de ser, esa
caja no es de las baratas. Me voy a acercar a la familia para darles el pésame,
no quiero aguantar estoicamente el rollo de la misa. ¡Qué pelmazos! Todos rodean
a la viuda, como buitres. Voy a mirar si puedo acercarme a los hijos. ¡Peor me
lo pones! Parece que hay un hueco en las cercanías de la viuda. ¡Esta es la
mía! Pero, si es…, si es… ¡Cuca, mi mujer!
Comienza la cuenta atrás. Tres relatos y una poesía pondrán el broche de oro a este blog. Su autor se prepara para escribir una novela larga y no va a tener tiempo para él. El próximo lunes, 11 de mayo, volveremos con otro microrrelato que os va apasionar. Hasta entonces.
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