20/5/14

FAMÉLICA RELIGIÓN

Estudiando el tema de cómo es el microrrelato en otras lenguas, he llegado al inglés donde se divide en dos: micro fiction y flash fiction. En el primer caso el relato puede llegar hasta las 300 palabras y en el segundo va de 300 a 1000 palabras. Sin saberlo, todo este tiempo he estado escribiendo flash fiction. Me encuentro muy cómodo haciéndolo y las historias tienen un empaque distinto al micro fiction.

La vocación fue algo obligado en la vida de Zacarías. Hijo de padres sexagenarios, fue el último de trece vástagos que luchaban por los mendrugos de pan apenas asomaban por la puerta. El cura del pueblo propuso a sus progenitores la entrada en el seminario y desde bien temprano se comprobó que sus creencias distaban pocos pasos de una cocina.

Después del seminario, la vida quiso que su barriga acabara en Villapalofrío donde empezó un ayuno más miserable que el de casa, llegando algunas noches a acostarse viendo a dios entre el hambre. El responsable era el padre don Ataúlfo que cerraba cualquier riqueza culinaria entre las cuatro paredes de su habitación y, por mucho que Zacarías intentara entrar en aquel lugar sagrado, don Ataúlfo tapiaba todas sus esperanzas.

Al llegar el invierno algo atípico sucedió: Doña Amelia Amalia de la Flor Zazua, una de las veraneantes millonarias, llegó a su palacio un poco fuera de temporada. Resulta que estaba gastando sus últimos alientos de vida y deseaba despilfarrarlos en aquel rincón de tranquilidad extrema. Mandó inmediatamente que fuera uno de sus criados en busca de don Ataúlfo para que ejerciera de capellán. A éste le sentó mal que le dieran trabajo extra en épocas no veraniegas y mandó hacer la faena al joven Zacarías. Doña Amelia Amalia quedó muy impresionada por el muchachuelo, no siendo a desviar sus ojos de aquella tersa hermosura y adornada con jovialidad infantil. Zacarías comenzó a comprender las lecciones sobre el paraíso apenas las diligentes sirvientas llevaron los pasteles que acompañaban al té. Acabada la visita, la señora envió una misiva al obispo donde relataba los grandes avances que la iglesia había sufrido en Villapalofrío desde la llegada de tan hondo baluarte de juventud y frescura.

Ella sintió que su casi extinta vida se rejuvenecía ligeramente y él que su corazón se llenaba de alegría al ver su apetito recompensado. Los paseos por el campo se alternaban con los canapés silvestres; las oraciones cogidos de las manos se compenetraban con frutas y pasteles; las miradas de soslayo y los toques apenas sin malicia dejaban paso a cenas opulentas; las charlas divinas y humanas se alternaban con cualquier comida del día,… La cama llegó tras varias botellas de un buen vino francés y Zacarías descubrió que había más placeres que los de la barriga. La práctica fue severa, nada que no pudiera conseguir un alumno aventajado como él. Zacarías abandonó el sacerdocio pero no se alejó mucho de la alta sociedad, donde sus vástagos estaban tan necesitados de aprender latín y griego. Amelia Amalia se encargó del marketing de tan próspero negocio y vio que su vida se engrandecía.

Pero el tiempo no se dejó engañar por la felicidad: la muerte se acercó al palacio entre arrumacos y se llevó a tan beata creyente de los placeres de la vida. Don Ataúlfo y el señor obispo presidieron todas las honras fúnebres, así como todas las alabanzas a tan piadosa dama. Pasado tan mal trago, asistieron a la lectura del testamento donde se le dejaba a la iglesia todos los negocios de la dama. El palacio y una suma ingente de dinero tenían como destinatario a Zacarías. Al joven no le extrañaría nada que la iglesia tuviera que sacar a subasta algunas de sus muchas posesiones en Villapalofrío para cargar con el legado de doña Amelia Amalia. Una noche de confesiones, la gentil dama le dijo que a ella nunca se le habían dado bien los negocios de su difunto marido.



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6/5/14

LEYENDA RURAL

Antes de empezar el relato quiero haceros llegar la definición que de leyenda urbana la Wikipedia hace. Luego está mi juego con leyenda urbana y rural, cuestión de matices.


A mis diecinueve años sucedió algo en Villapalofrío que nos iba a cambiar nuestro punto de vista de las famosas leyendas urbanas. Silvestre, regente de la tienda de ropa masculina para la plebe, vio como los ahorros de toda su vida se los llevaban los señoritos prestamistas del dinero ajeno con alevosía y lujuria. Al comprobar que el timo parecía legal, el comerciante empezó a consumirse hasta que el pobre diablo llegó a parecerse a un auténtico espectro. La última vez que lo vimos con vida fue cuando iba a casa de la bruja doña María Luisa para que pusiera un conjuro a los canallas cien mil euristas. Cuando la sierva del señor de la noche comenzó tan frecuente ritual, el pobre Silvestre se empapizó brutalmente y tuvieron que darle una palmada en la espalda con tan mala suerte que se tragó su dentadura postiza y se ahogó. En el funeral de cuerpo presente empezó a correrse la idea de que Silvestre había terminado sus días pudiendo lanzar el famoso conjuro a los billeteros ponzoñosos y a todos los señoritingos que vivían del trabajo ajeno. Se llegó a asegurar que aquella maldición iba a traer cola.

A las doce del mediodía, hora de la muerte de Silvestre, empezaron a suceder pequeños eventos a los trabajadores de la sucursal de usura que alegraron a las lenguas vivas del pueblo. El director fue el primero en desfilar por sus bocas al ingresarle en el hospital con la conocida enfermedad del dengue. El regreso de su viaje anual a Tailandia, donde visitaba sus famosos templos del sexo, vino con sorpresa incluida: una picadura sin importancia del dichoso mosquito. El sustituto del director entró con algo de miedo en la sucursal, la limpiadora, que lo vio, dejó el cubo de fregar depositado en el suelo y se apartó para facilitarle el paso, el jefe momentáneo, que no se fijó en el cubo, tropezó con él y cayó de bruces, con tan mala suerte que su pierna derecha se dobló por mal sitio y se rompió en mil pedazos. El accidentado tuvo que guardar reposo intensivo por algunos meses y fue difícil encontrarle un nuevo incauto que lo sustituyera. El siguiente caso fue el de un comercial que al ir como de costumbre al escusado para realizar la difícil tarea de leer el periódico deportivo sin ser interrumpido se sentó en la tapa del váter, la muy ladina rompió en miles de cachos y casi todos ellos se clavaron en las partes más dolorosas del cuerpo que no voy a reseñar aquí… La lista de accidentados se agrandó tanto que algunos pensaron que Silvestre se estaba cobrando bien su venganza.

Mi pandilla pensó que todo aquello eran cosas sin importancia y que doña María Luisa se tendría que esmerar un poquillo más. La bruja titulada de la localidad lanzó entonces un conjuro de padre y señor mío que aseguraba que la venganza iba a lograr cotas de mayor altura. Lo que algunos no esperaban era que fuera al día siguiente, 1 de julio, fecha en que los ocupantes de la Orilla de Oro empezaban las vacaciones en sus palacetes. Ese día en concreto, como era de esperar, los cabezas de familias ricas se dirigían a la sucursal de grandes genuflexiones a depositar en las cajas de seguridad sus mayores bienes. Para tal evento se les ofrecía un pequeño ágape con vinos franceses y pinchos elaborados por el chef de mayor renombre de la capital, mientras uno a uno iban depositando sus posesiones en los sótanos. Un pequeño olor a quemado les interrumpió inoportunamente en mitad de sus charlas animadas y gustos agasajados. Venía de la zona de abajo. Todos empezaron a alborotar y a mostrar sus caras más valerosas huyendo hacia la puerta principal. Una explosión los pillo a todos alejándose. Acorde al informe policial se trató de una fuga de gas en el local próximo. Los días siguientes al suceso, las ferreterías locales tuvieron mucho trabajo vendiendo cajas fuertes e instalándolas. Vamos, que les arregló el verano.

Los medios de comunicación del estado se plantaron en Villapalofrío para acudir a una rueda de prensa del ayuntamiento en la que se iba a garantizar la seguridad de la villa y se anunciaría a bombo y platillo una gran inversión que iba a asegurar el futuro turístico de la zona. Aquello levantó el interés de todos los habitantes que acudimos en tropel a la plaza mayor. Después de una espera larga, empezaron a salir los periodistas que descansaban medio atontados de la paliza lingüística que les había dispensado el alcalde e intercambiaban las estupideces más importantes de su señoría. Sonó el reloj de la plaza dando las doce. Dos estruendos avisaron de la posterior caída al suelo de dos ventanas y el vuelo ligero de miles de papeles que salieron al exterior del edificio. Los periodistas soltaran voces delirantes de asombro y corrieron hacia las hojas voladoras para leerlas. Los noticieros de las radios y televisiones interrumpieron sus respectivas programaciones de inmediato para dar la nueva: se trataba de unos papeles que destapaban la corrupción más salvaje de todas las villas de los alrededores. En los programas de cotilleo se empezó a especular sobre si en el ayuntamiento había catacumbas o no, ya que el alcalde y sus concejales salieron del consistorio sin ser vistos en cien kilómetros a la redonda.

A la hora de escribiros esto no hay noticias sobre los cargos públicos de la localidad. Pero lo que si os puedo informar es que en los bares del pueblo nunca se sirvieron tantos chatos de vino. Silvestre seguro que estará contento allá donde esté, algunos procuramos que su venganza no solo estuviera en manos de belcebú y su sirvienta doña María Luisa. No sé en la urbe, pero aquí, en pueblos y villas, es así como planificamos nuestras leyendas rurales.
 
 


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15/4/14

EL CLUB DE LOS FUNCIONARIOS MUERTOS


Doña Olvido entró sollozando en el casino de Villapalofrío sujetando entre sus manos la urna que portaba las cenizas de su presidenta y amiga, doña Remedios Aguasvivas de la Laguna. En la sala de reuniones de la tertulia femenina Benedictine del Santo Sepulcro le esperaban el resto de cofrades que intercambiaban pareceres. Alguien muy perspicaz dejó caer que gracias a la difunta mandataria habían mejorado mucho las sillas que heredaran de sus difuntos esposos y que ahora presidían las reuniones de tan sagrada hermandad. Cada silla tenía grabado el nombre de su finado propietario en unas vulgares letras blancas sobre fondo negro. Doña Remedios, siempre tan eficaz, exigió que se cambiaran los colores de los rótulos por un refinado tono champagne dorado cubierto por un distinguido negro zaíno.

-No puedo recordar las últimas palabras de doña Remedios… -decía la servicial doña Olvido y echaba a gimotear desconsoladamente mientras entraba en la atestada sala. Nadie la escuchó.

La urna con las celestiales cenizas comenzó a pasar de mano en mano en tanto los labios de todas ellas se pegaron a la tapa dejando multitud de olores a carmín. Doña Modesta tapó los grititos de recibimiento a las santas reliquias con su voz de barítono de coro eclesial.

-Os acordáis de la pulcritud con la que llevó el dislate de la Placeres. Yo creo que fue esa la causa de su desgraciado desparrame cerebral.

Recordaban cada palabra vertida en aquella sala el día del juicio a la infame. Doña Remedios estuvo colmada en cada una de sus intervenciones mientras que la Placeres escupía desprecio en sus machaconas y arbitrarias intrusiones. La presidenta comenzó con unos versos de Santa Teresa de Jesús que enaltecieron a las masas y avisaron a la pecadora que estaba condenada antes de que se atreviera a hablar.

-Ya me acuerdo, ya me acuerdo… -cortó los recuerdos colectivos doña Olvido.

-Cállate, insensata. Déjanos esbozar en palabras la gran intervención de doña Remedios. No nos agobies con tus tonterías –le espetó doña Modesta.

Las palabras volvieron al redil, pasando de boca en boca y recordando la última reunión que presidió aquella inmensa mujer. Doña Remedios recordó que la moral era uno de los grandes  pilares de la tertulia femenina Benedictine del Santo Sepulcro y la Placeres soltó que la asociación era más el Club de los Funcionarios Muertos, haciendo reseña a sus difuntos maridos que trabajaron todos en el ayuntamiento. Doña Remedios tuvo que ser atendida con sales que suavizaron aquel desmallo infernal que le provocó la inquina barriobajera de la Placeres. Fue un acto de desprecio que obligó a la extraordinaria presidenta a ir al grano.

-Repelente víbora, no te da vergüenza pasear por el malecón del paseo fluvial cogida del brazo de Agustín, el boy del club de las afueras, y hacerlo a la hora de más afluencia, cuando dejabas en entredicho nuestra reputación.

-Pues no, mira tú por dónde. Y bien que me miraban todas las presentes con ojos de envidia. ¡Qué estamos todas libres y sin tiempo que perder!

-Canalla, te has saltado todos los acuerdos de nuestra tertulia. Por ello te expulso de por vida de la asociación y te quito la silla de tu difunto marido, el pobre no se merecía esto.

-Pero si era un putero de mil pares de cojones.

Todas recuerdan como tuvieron que coger a doña Remedios de otro pertinaz desvanecimiento ante las rudas palabras de la Placeres. La muy lumia se echó a reír levantando las faldas y dejando ver su culo sin bragas. Retiraron sus vistas de tan insolente hecho y se alejaron hacia la iglesia para implorar por tan pérfida mujer.

Después de aquella remembranza del pasado reciente todas guardaron silencio en honor al pundonor de doña Remedios. ¿Qué iba a ser de ellas ahora que había muerto?

-Ya me acuerdo, ya me acuerdo... Doña Remedios me dejo esta carta dirigida a todas nosotras –profirió doña Olvido ante la mirada atónita de sus compañeras. Doña Modesta recogió la misiva y la leyó en alto:

“Queridas amigas en la decencia y el decoro, he de suplicaros que cumpláis mi último deseo: esparcid mis cenizas por entre las santas sábanas sudadas por nuestro cofrade secreto en el amor, Agustín”.



 
Este relato nació en un paseo de tarde de invierno con un amigo, Norberto Martín. La conversación dejo escapar la historia poco a poco y entre los dos la fuimos dibujando. Mi agradecimiento por todas sus aportaciones a este amasijo de despropósitos.
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1/3/14

VAYA PASTEL


Fue todo un honor salir de la escuela de hostelería e ir a mi primer trabajo en el obrador de Cipriano Azpiricueta, uno de los mejores reposteros del país, sito en Villapalofrío. Llegar a tan ilustre confitería tuvo el acicate de sentir una sensación de futuro, de permanencia en mi dedicación más adorada: dar gusto a los paladares más refinados. Apenas me puse mi uniforme, él me lo hizo saber:
-Si cumples conmigo, yo cumpliré contigo y te daré trabajo el tiempo que tú desees. Esfuérzate y te enseñaré todos los secretos del obrador.

Ahora puedo decir que era un hombre de palabra y que cumplió con todo lo dicho mi primer día de faena.



  
 
Al principio, sus dependientas, dos resabidas sicólogas de Santander, me hicieron de menos, logrando convertir mí estancia en insoportable. Pensaron que mi misión era ser el chico de los recados y don Cipriano, siempre tan ocupado, no les saco de su confusión. Repartí encargos, traje todo lo que les pedía sus incansables barrigas, limpié todos los desaguisados…, hasta que un buen día mi jefe se fijó en que no había hecho ni un miserable pastel. La bronca se oyó en todos los negocios de alrededor pero, por desgracia para mí, no fue para aquellas chismosas sino para éste que os relata la historia. El maestro pastelero pensaba que me estaba escaqueando y dándome a la buena vida. No hubo forma humana de explicárselo por lo que no rechiste ni un ápice.
Me apremió a realizar cuanto pastel tenía en el catálogo mientras él comenzaba lo que iba a ser un nuevo rumbo en el negocio: el pastel personalizado. Las chismosas de Santander hablarían con los clientes, explorando todos los entresijos de personalidad y sonsacando toda la información necesaria para que el pastel cumpliera las normas de calidad. Cipriano partiría de esas notas tomadas por las sicólogas quincalleras y haría arte gastronómico, llegando a unos límites que nadie había rebasado hasta ese momento.

 
Así fueron pasando los días, yo dedicándome a los pasteles de la chusma y las arpías ayudando a uno de los grandes a hacer historia en el terreno alimentario. Como era el eslabón menos importante en la cadena productiva de la confitería me veía obligado, muchas veces, a ir a por pizza al local contiguo.  Siguiendo de cerca nuestros pasos, intentaban comercializar una pizza personalizada, pero sus cotillas informadoras eran de menor nivel que las santanderinas y los cocineros ni se aproximaban a mi maestro.
-¡Estos cabrones siempre buscando cómo hacerme daño! –gritaba desencajado don Cipriano-. Por hacer no saben hacer nada, pero vete tú a decírselo a esos esnobs que paran en nuestros establecimientos.


Se decidió a realizar una nueva búsqueda en su camino a la gloria y esta vez intentaría que en la pizzería no le pisaran el descubrimiento. Por eso seguí realizando incursiones en el insidioso local de comida rápida para ejercer la labor de espía y asegurarme que no se coscaban de nada. Mi maestro contrató a otro aprendiz y a mí me ascendió en el escalafón. Comencé a preparar los pasteles personalizados con él, quitándole mucho trabajo y ganando tiempo para que estudiara en sus libros que yo tildaba de alquimia. La vida se tranquilizó poco a poco y Cipriano desapareció por algún tiempo. En la pizzería lanzaron la pizza personalizada de grupo que tuvo un éxito descomunal. Solo los más selectos seguían confiando en nuestro negocio y decayó hasta la venta de pasteles normales de catálogo.

 

Cipriano volvió con ropas muy extrañas y un santón al que llamaba gurú Urjavaha. La confitería empezó a oler a incienso todas las mañanas y el gurú recibía a los clientes para estudiar su karma y diseñar sus necesidades dulzonas para reorientar su vida espiritual. Me fijé que el maestro y el gurú miraban a algunos clientes con caras pesarosas. Al paso de algunos días, aquellas personas dejaban este valle de lágrimas sin que hubiera ninguna sospecha por parte de la autoridad.

El número de finados aumentaba a la velocidad que bajaban los clientes de la pizzería. La competencia intentó eclipsar a la confitería trayendo una santera brasileña, pero enseguida se descubrió que era una pobre chica sacada del descorche local. Don Cipriano  empezó a ir a por sus pizzas con el fin de poder reírse a su cara. Un catarro atroz hizo que rompiera su nueva costumbre y me enviara de nuevo a mí. Comiéndose un tercer pedazo de tan odiado alimento, empezó a gritar:
-¡No puede ser! Estos copiones lo volvieron a logr… -y falleció.

Ninguna autoridad sospechó. Las honras fúnebres fueron seguidas por infinidad de clientes. Por todos los lugares que pasaba el finado se regalaban pasteles del buen karma. Las lisonjas fueron muchas y su tumba muy pequeña.
 

El trabajo de espía es lo que tiene: empiezas trabajando para un bando pero el tiempo te transforma, sin querer, en espía doble, al final te das cuenta que lo mejor es que trabajes solo para ti. La confitería se cerró a falta de familiares que se hicieran cargo de su maquiavélico negocio. La pizzería fue decayendo a falta de la información sesgada que el espía les ofrecía. Don Cipriano había dejado una puerta abierta de par en par que yo traspasé y probé, desde entonces no tuve intención de cerrarla. Mi persona marchó por el mundo adelante a practicar mi nueva profesión con la ayuda de las santanderinas y el gurú.

 
Por orden del señor Alcalde  de Villapalofrío se hace saber que los días 15 de marzo y 1 de abril este blog permanecerá clausurado por demasiado liberal, marxista-lenilista pensamiento Mao-She-Tung y judeo masónico. El 15 de abril será de nuevo abierto con la cautela que exige el buen gobierno y las costumbres rectas.


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15/2/14

LAS TERTULIAS DEL ETCÉTERA

Quiero dedicar este relato a un café que me ha acompañado muchos años de mi vida y la ha hecho muy feliz. Es el último de unos cuantos cafés con solera que han desaparecido de mi ciudad y las fotos de esta entrada van a ser de y para él. A ti, café Dindurra, va este escrito y las fotos que lo ilustran.

La cita para comer en el café Etcétera se adelantó un día a causa de don Justo, mentor literario de nuestra tertulia y miembro de las dos grandes familias de Villapalofrío, que tenía algo urgente que contarnos.
-Estamos de enhorabuena. Doña Virtudes, viuda de don Inocencio Pereíra, se ha comunicado con mi persona para decirnos que su nuevo rentado quiere pertenecer a nuestra renombrada tertulia. Parece ser que es un afamado escritor Premio Nobel de Literatura de cuyo nombre no puedo acordarme.

El murmullo se extendió hasta los escusados del café, donde se iba a fumar los días de lluvia y frío. Después de sacar a relucir el orgullo de tertulia prestigiosa, de comer alocadamente entre un jolgorio desenfrenado y de organizar la sesión de bienvenida a tan ilustre personaje, quedamos en vernos al día siguiente.

 

Don Justo nos había indicado que entre la gente bohemia estaba mal visto ser puntual. Me pareció que diez minutos de tardanza serían suficientes pero así todo fui el primero en llegar. Comprobé que la máxima de don Justo no era del todo cierta pues nuestro invitado ya había llegado. Le hice una genuflexión y el me respondió con un apretón de manos. Mis compañeros fueron llegando pausadamente, al igual que los pinchos del café Etcétera fueron cayendo en el estómago de nuestro invitado. El último en aparecer fue don Justo, que, una vez allí, abrió el desfile hacia el comedor donde las viandas nos estaban esperando.
Nunca vi, aunque mejor diría oí, una tertulia tan silenciosa. Nuestro convidado no estaba ni diez segundos con su boca desocupada. Como buenos anfitriones de provincias hicimos todo aquello que él hiciera, no fuera a pensar éramos demasiado rústicos. Cuando dijo sus primeras palabras, los demás descansamos de tan truculento almuerzo e hicimos servirnos unas sales de frutas.

-Caballeros –comenzó-, me regocijo de poder estar con tan ilustres miembros de la conocidísima tertulia literaria Etcétera. Hasta la capital del reino ha llegado vuestras insignes reuniones –las sonrisas de honra sonaron amplias y ruidosas-. Por eso, juzgo que sería muy correcto el extender nuestras veladas a todos los días de la semana –nuestra adhesión a tan extraordinaria idea no se dejó esperar mucho-. Acordado lo tal, creo que podíamos quedar sin más para mañana.

Todos esperábamos tenerle que pagar la comida a tan ilustre novato pero don Justo también se escaqueó como de costumbre. Salimos del café con los bolsillos rascados y el frío envolviendo nuestros cuerpos.

 

El señor Premio Nobel enseguida mostró su disponibilidad para darnos pequeños consejos de escritura. La propuesta nos pareció magnífica y enseguida le preparamos una lista en la que se apuntaban dos de nosotros al día, unos antes del almuerzo y otro después. Tan insigne persona nos rogó que reseñáramos también nuestras direcciones para acudir presto a nuestros domicilios. Nos congratulamos por ese signo de campechanía y de humildad.
Pronto vimos que el visitado de la mañana debería de proporcionarle un opíparo desayuno y el de la tarde una bien aderezada cena. Sus consejos, todo hay que decirlo, bien valían el sacrificio. Nos dejaba a todos boquiabiertos por su genialidad y maestría. Hablaba y hablaba con tanta franqueza y atino que enseguida hubo invitados a los encuentros.

 

Las dos grandes familias de Villapalofrío, con don Justo a la cabeza, abrieron sus puertas a tan ilustrado personaje a sus cenas. Se acabaron nuestras lecciones tardías, reduciéndose exclusivamente a las de la mañana. Dieron comienzo las charlas de sociedad donde las grandes familias reunían a la gente de importancia de los alrededores. Llegó a haber peleas por una plaza en tan refinada tertulia social. En una de tantas reyertas tuvo que intervenir la policía y el premiado salió escopetado por las cocinas.
Después de aquello, nos sentimos todos muy abochornados y le rogamos mil perdones al reputado escritor. Él no le dio importancia pero nos notificó que le había llamado su secretario personal de zona para informarle que habían solicitado su presencia en Sudamérica, donde iría a dar múltiples charlas sobre su visión de la literatura. Todos nos sentimos orgullosos de haber tenido esas charlas de forma gratuita.

 

Poco después, doña Virtudes, la viuda de Inocencio Pereira, vino a nuestra tertulia. Todos pensamos que nos traía noticias del notorio tertuliano. ¡Qué va! La muy entrometida nos venía a contar que el Nobel se había marchado sin pagarle, dejándole el teléfono de su secretario personal de zona para que le enviara un cheque. Al llamarlo, comprobó que era el bar de carretera lleno de neones que había en la entrada de Villapalofrío. Intentó profundizar en su cotilleo, pero la echamos con cajas destempladas. Conociendo a la muy lumia lo despistada que era, seguro que se había confundido al tomar nota del dichoso teléfono.


No te olvides de visitar mi blog de poesía y prosa-poética Deseo Indigno.
 
 
 
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1/2/14

CENTENARIA POBRE, CENTENARIO RICO


Es difícil llegar a centenario en Villapalofrío, sin embargo ellos dos, además, los cumplen el mismo día y a la misma hora. Las familias lo están celebrando por todo lo alto pero la de él en la Orilla de Oro, con los ricos, y la de ella en Villacajón, con los pobres. Allí les dieron a luz y allí recibieron la primera nalgada. A partir de aquel momento, ambos se precipitaban a un extraño vaivén de amor y egoísmo.

Ella enseguida notó que había un silencio sepulcral cuando se hablaba de su pasado, de ese pasado que se extiende a épocas en las que todavía no había nacido. Sabía cuál era su padre en los malditos papeles, pero jamás se explicó porque su madre lo conoció dos años después de que ella hubiera venido a este mundo.

Él, sin embargo, nunca notó nada extraño en su concepción. Siempre era recibido como el primogénito del matrimonio, aunque su padre torciera la boca cuando algunas miradas se cruzaban.

Los estudios los realizaron de forma bien distinta: ella en la escuela del pueblo y de forma breve; él en el mejor colegio de la capital para pasar luego a la universidad.

Ella, cuando terminó la primaria, empezó a lavar la ropa de las casas de la Orilla de Oro con su madre. Allí lo conoció a él, el chico más hermoso que había conocido en su vida y que, para mayor suerte, veraneaba con la familia tan cerca, pero tan lejos, de ella. Cada día de estío anhelaba la hora en que aquel mozalbete se dejara ver. Cada suspiro, cada deseo, cada mirada hacían que le quisiera un poco más sin apenas conocerlo. Los pensamientos se agolpaban adivinando cómo sería aquella persona maravillosa.

Él no la vio hasta que los dos tenían dieciséis años. Su figura de eróticas curvas y rostro poético le hicieron ansiar tener sexo con ella. Empezó su galanteo hacia aquella pobre chica poseedora de algo que él deseaba: “un nuevo chocho para su colección”. Ella se dejaba querer, el fingía quererla. Una noche, en las fiestas de la villa, se encontraron en el prado de la orquesta y bailaron algunos temas todo lo apretados que pudieron. Él, después,  la invitó a pasear por la Orilla de Oro donde le enseñaría su sitio secreto. La conversación se convirtió en besos y los besos en sexo. Ella lo amo, él la poseyó. Desde aquella noche la distancia se arremolinó entre ellos con y sin consentimiento. Ella buscándolo y él huyendo.

Una ley muy restrictiva del aborto la obligó a tener el fruto de aquella noche de trampa con esencia de amor. Un niño, hecho como ella de silencio, vino a este mundo a mostrar la suma de dos bellezas pero el corazón de una de ellas: su madre. Desde la cuna aprendió a dar cariño y a ser la alegría de todo el que lo rodeara. Buena maestra le tocó en suerte.

Él se casó con uno de los apellidos más ilustres de la capital. Del matrimonio vino un solo fruto egoísta y mal criado como ellos. Enseguida padre y madre hicieron sus vidas por separado y él se abalanzó sobre cada hombre y mujer que se aproximará a una cama.

Ella trabajó toda su vida para sacar adelante a hijos, nietos, biznietos y algún  tataranieto. El esfuerzo se vio recompensado con una vida de adoración, todos le daban el amor que él le negó. Todos la agasajaron con su fervor.

Él fue un hombre de negocios con éxitos muy sonados. Esos éxitos que no tuvo con su hijo mimado que hundió todo lo que su padre sacó adelante. Acabó sus días viviendo en la casa de verano de Villapalofrío con una estupenda jubilación pero alejado de la riqueza de antaño.

Hoy, el día de sus cumpleaños, ella aún sigue sintiendo como su corazón se agita cuando lo ve o piensa en él. Sin embargo, él aún no conoce lo que significa la palabra amor.







A partir de esta entrada, el blog cambia sus formas. La poesía y la prosa poética se publicará en mi otro blog Deseo Indigno. Éste se dedicará a publicar historias narradas sin prisa, con libertad, donde no se contarán las palabras para que sea micro o un relato. Cada ficción va a ser libre para fluir, sin encorsetarla en el numero de palabras. A partir de hoy aparecerán los 1 y 15 de cada mes gestas de Villapalofrío, una villa donde la vida va a dar vueltas sin parar. Espero que os guste.


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15/1/14

DEVOCIÓN




Desmenuzo tu cuerpo en relámpagos de amor

mientras respiro verboso el planear de tu alma.

Acaricio los arrumacos que encienden

la delicadeza de tu esencia,

la pulpa de tu tino,

la seda de tu mirar.

 

Descompongo las señales que me extenúan,

que acercan mis labios a tu ventura,

a esa delicada fuente de fruición,

de deleite desperdigado,

de espera consabida,

de amor,

de tu amor.

 

Y me uno a ti en una insurrección silente,

escondida entre tu regazo,

tu abanico de placer,

tu delirio afrutado,

tu clímax,

tú.

 

 

 

 
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31/12/13

ÉXITO IMPARABLE





Fue siendo pequeño cuando descubrieron su irrefrenable ansia por pellizcar a sus hermanos en cualquier parte del atemorizado cuerpo. El dolor, reflejado en sus turbadas caras, era para él un pujante afán por repetir la acción.

La escuela aumentó el número de víctimas y la variedad de torturas. Pero aprendió algo nuevo, los maestros lo tenían por un niño modélico y castigaban a sus envidiosos compañeros que llevaban muy mal su capacidad de superdotado.

El instituto y la universidad los llevó de calle con su picardía hacia los superiores y su refinada brutalidad con los inferiores. Cada relación personal era un experimento en el cual tanteaba nuevos procedimientos de dominio.

Sin duda alguna ahora ha alcanzado el cénit de su sutil potestad. Dedica su vida adulta a implementar políticas de ajuste que redunden en la mejora sostenible del sistema financiero global.


He vuelto de mi periplo por pisos variados ya que por fin han acabado de poner el ascensor nuevo en mi portal. Siguen las obras para renovar la entrada del edificio pero un discapacitado como yo puede circular por él con cierta facilidad. No he querido acabar el año sin hacer una entrada nueva aunque a partir de ahora las entradas serán el 1 y el 15 de cada mes. Saludos ansiosos de éste que vuelve con auténtico mono después de cuatro meses de sequía. Encantado de estar de nuevo con todos vosotros.


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