15/2/14

LAS TERTULIAS DEL ETCÉTERA

Quiero dedicar este relato a un café que me ha acompañado muchos años de mi vida y la ha hecho muy feliz. Es el último de unos cuantos cafés con solera que han desaparecido de mi ciudad y las fotos de esta entrada van a ser de y para él. A ti, café Dindurra, va este escrito y las fotos que lo ilustran.

La cita para comer en el café Etcétera se adelantó un día a causa de don Justo, mentor literario de nuestra tertulia y miembro de las dos grandes familias de Villapalofrío, que tenía algo urgente que contarnos.
-Estamos de enhorabuena. Doña Virtudes, viuda de don Inocencio Pereíra, se ha comunicado con mi persona para decirnos que su nuevo rentado quiere pertenecer a nuestra renombrada tertulia. Parece ser que es un afamado escritor Premio Nobel de Literatura de cuyo nombre no puedo acordarme.

El murmullo se extendió hasta los escusados del café, donde se iba a fumar los días de lluvia y frío. Después de sacar a relucir el orgullo de tertulia prestigiosa, de comer alocadamente entre un jolgorio desenfrenado y de organizar la sesión de bienvenida a tan ilustre personaje, quedamos en vernos al día siguiente.

 

Don Justo nos había indicado que entre la gente bohemia estaba mal visto ser puntual. Me pareció que diez minutos de tardanza serían suficientes pero así todo fui el primero en llegar. Comprobé que la máxima de don Justo no era del todo cierta pues nuestro invitado ya había llegado. Le hice una genuflexión y el me respondió con un apretón de manos. Mis compañeros fueron llegando pausadamente, al igual que los pinchos del café Etcétera fueron cayendo en el estómago de nuestro invitado. El último en aparecer fue don Justo, que, una vez allí, abrió el desfile hacia el comedor donde las viandas nos estaban esperando.
Nunca vi, aunque mejor diría oí, una tertulia tan silenciosa. Nuestro convidado no estaba ni diez segundos con su boca desocupada. Como buenos anfitriones de provincias hicimos todo aquello que él hiciera, no fuera a pensar éramos demasiado rústicos. Cuando dijo sus primeras palabras, los demás descansamos de tan truculento almuerzo e hicimos servirnos unas sales de frutas.

-Caballeros –comenzó-, me regocijo de poder estar con tan ilustres miembros de la conocidísima tertulia literaria Etcétera. Hasta la capital del reino ha llegado vuestras insignes reuniones –las sonrisas de honra sonaron amplias y ruidosas-. Por eso, juzgo que sería muy correcto el extender nuestras veladas a todos los días de la semana –nuestra adhesión a tan extraordinaria idea no se dejó esperar mucho-. Acordado lo tal, creo que podíamos quedar sin más para mañana.

Todos esperábamos tenerle que pagar la comida a tan ilustre novato pero don Justo también se escaqueó como de costumbre. Salimos del café con los bolsillos rascados y el frío envolviendo nuestros cuerpos.

 

El señor Premio Nobel enseguida mostró su disponibilidad para darnos pequeños consejos de escritura. La propuesta nos pareció magnífica y enseguida le preparamos una lista en la que se apuntaban dos de nosotros al día, unos antes del almuerzo y otro después. Tan insigne persona nos rogó que reseñáramos también nuestras direcciones para acudir presto a nuestros domicilios. Nos congratulamos por ese signo de campechanía y de humildad.
Pronto vimos que el visitado de la mañana debería de proporcionarle un opíparo desayuno y el de la tarde una bien aderezada cena. Sus consejos, todo hay que decirlo, bien valían el sacrificio. Nos dejaba a todos boquiabiertos por su genialidad y maestría. Hablaba y hablaba con tanta franqueza y atino que enseguida hubo invitados a los encuentros.

 

Las dos grandes familias de Villapalofrío, con don Justo a la cabeza, abrieron sus puertas a tan ilustrado personaje a sus cenas. Se acabaron nuestras lecciones tardías, reduciéndose exclusivamente a las de la mañana. Dieron comienzo las charlas de sociedad donde las grandes familias reunían a la gente de importancia de los alrededores. Llegó a haber peleas por una plaza en tan refinada tertulia social. En una de tantas reyertas tuvo que intervenir la policía y el premiado salió escopetado por las cocinas.
Después de aquello, nos sentimos todos muy abochornados y le rogamos mil perdones al reputado escritor. Él no le dio importancia pero nos notificó que le había llamado su secretario personal de zona para informarle que habían solicitado su presencia en Sudamérica, donde iría a dar múltiples charlas sobre su visión de la literatura. Todos nos sentimos orgullosos de haber tenido esas charlas de forma gratuita.

 

Poco después, doña Virtudes, la viuda de Inocencio Pereira, vino a nuestra tertulia. Todos pensamos que nos traía noticias del notorio tertuliano. ¡Qué va! La muy entrometida nos venía a contar que el Nobel se había marchado sin pagarle, dejándole el teléfono de su secretario personal de zona para que le enviara un cheque. Al llamarlo, comprobó que era el bar de carretera lleno de neones que había en la entrada de Villapalofrío. Intentó profundizar en su cotilleo, pero la echamos con cajas destempladas. Conociendo a la muy lumia lo despistada que era, seguro que se había confundido al tomar nota del dichoso teléfono.


No te olvides de visitar mi blog de poesía y prosa-poética Deseo Indigno.
 
 
 
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1/2/14

CENTENARIA POBRE, CENTENARIO RICO


Es difícil llegar a centenario en Villapalofrío, sin embargo ellos dos, además, los cumplen el mismo día y a la misma hora. Las familias lo están celebrando por todo lo alto pero la de él en la Orilla de Oro, con los ricos, y la de ella en Villacajón, con los pobres. Allí les dieron a luz y allí recibieron la primera nalgada. A partir de aquel momento, ambos se precipitaban a un extraño vaivén de amor y egoísmo.

Ella enseguida notó que había un silencio sepulcral cuando se hablaba de su pasado, de ese pasado que se extiende a épocas en las que todavía no había nacido. Sabía cuál era su padre en los malditos papeles, pero jamás se explicó porque su madre lo conoció dos años después de que ella hubiera venido a este mundo.

Él, sin embargo, nunca notó nada extraño en su concepción. Siempre era recibido como el primogénito del matrimonio, aunque su padre torciera la boca cuando algunas miradas se cruzaban.

Los estudios los realizaron de forma bien distinta: ella en la escuela del pueblo y de forma breve; él en el mejor colegio de la capital para pasar luego a la universidad.

Ella, cuando terminó la primaria, empezó a lavar la ropa de las casas de la Orilla de Oro con su madre. Allí lo conoció a él, el chico más hermoso que había conocido en su vida y que, para mayor suerte, veraneaba con la familia tan cerca, pero tan lejos, de ella. Cada día de estío anhelaba la hora en que aquel mozalbete se dejara ver. Cada suspiro, cada deseo, cada mirada hacían que le quisiera un poco más sin apenas conocerlo. Los pensamientos se agolpaban adivinando cómo sería aquella persona maravillosa.

Él no la vio hasta que los dos tenían dieciséis años. Su figura de eróticas curvas y rostro poético le hicieron ansiar tener sexo con ella. Empezó su galanteo hacia aquella pobre chica poseedora de algo que él deseaba: “un nuevo chocho para su colección”. Ella se dejaba querer, el fingía quererla. Una noche, en las fiestas de la villa, se encontraron en el prado de la orquesta y bailaron algunos temas todo lo apretados que pudieron. Él, después,  la invitó a pasear por la Orilla de Oro donde le enseñaría su sitio secreto. La conversación se convirtió en besos y los besos en sexo. Ella lo amo, él la poseyó. Desde aquella noche la distancia se arremolinó entre ellos con y sin consentimiento. Ella buscándolo y él huyendo.

Una ley muy restrictiva del aborto la obligó a tener el fruto de aquella noche de trampa con esencia de amor. Un niño, hecho como ella de silencio, vino a este mundo a mostrar la suma de dos bellezas pero el corazón de una de ellas: su madre. Desde la cuna aprendió a dar cariño y a ser la alegría de todo el que lo rodeara. Buena maestra le tocó en suerte.

Él se casó con uno de los apellidos más ilustres de la capital. Del matrimonio vino un solo fruto egoísta y mal criado como ellos. Enseguida padre y madre hicieron sus vidas por separado y él se abalanzó sobre cada hombre y mujer que se aproximará a una cama.

Ella trabajó toda su vida para sacar adelante a hijos, nietos, biznietos y algún  tataranieto. El esfuerzo se vio recompensado con una vida de adoración, todos le daban el amor que él le negó. Todos la agasajaron con su fervor.

Él fue un hombre de negocios con éxitos muy sonados. Esos éxitos que no tuvo con su hijo mimado que hundió todo lo que su padre sacó adelante. Acabó sus días viviendo en la casa de verano de Villapalofrío con una estupenda jubilación pero alejado de la riqueza de antaño.

Hoy, el día de sus cumpleaños, ella aún sigue sintiendo como su corazón se agita cuando lo ve o piensa en él. Sin embargo, él aún no conoce lo que significa la palabra amor.







A partir de esta entrada, el blog cambia sus formas. La poesía y la prosa poética se publicará en mi otro blog Deseo Indigno. Éste se dedicará a publicar historias narradas sin prisa, con libertad, donde no se contarán las palabras para que sea micro o un relato. Cada ficción va a ser libre para fluir, sin encorsetarla en el numero de palabras. A partir de hoy aparecerán los 1 y 15 de cada mes gestas de Villapalofrío, una villa donde la vida va a dar vueltas sin parar. Espero que os guste.


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15/1/14

DEVOCIÓN




Desmenuzo tu cuerpo en relámpagos de amor

mientras respiro verboso el planear de tu alma.

Acaricio los arrumacos que encienden

la delicadeza de tu esencia,

la pulpa de tu tino,

la seda de tu mirar.

 

Descompongo las señales que me extenúan,

que acercan mis labios a tu ventura,

a esa delicada fuente de fruición,

de deleite desperdigado,

de espera consabida,

de amor,

de tu amor.

 

Y me uno a ti en una insurrección silente,

escondida entre tu regazo,

tu abanico de placer,

tu delirio afrutado,

tu clímax,

tú.

 

 

 

 
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31/12/13

ÉXITO IMPARABLE





Fue siendo pequeño cuando descubrieron su irrefrenable ansia por pellizcar a sus hermanos en cualquier parte del atemorizado cuerpo. El dolor, reflejado en sus turbadas caras, era para él un pujante afán por repetir la acción.

La escuela aumentó el número de víctimas y la variedad de torturas. Pero aprendió algo nuevo, los maestros lo tenían por un niño modélico y castigaban a sus envidiosos compañeros que llevaban muy mal su capacidad de superdotado.

El instituto y la universidad los llevó de calle con su picardía hacia los superiores y su refinada brutalidad con los inferiores. Cada relación personal era un experimento en el cual tanteaba nuevos procedimientos de dominio.

Sin duda alguna ahora ha alcanzado el cénit de su sutil potestad. Dedica su vida adulta a implementar políticas de ajuste que redunden en la mejora sostenible del sistema financiero global.


He vuelto de mi periplo por pisos variados ya que por fin han acabado de poner el ascensor nuevo en mi portal. Siguen las obras para renovar la entrada del edificio pero un discapacitado como yo puede circular por él con cierta facilidad. No he querido acabar el año sin hacer una entrada nueva aunque a partir de ahora las entradas serán el 1 y el 15 de cada mes. Saludos ansiosos de éste que vuelve con auténtico mono después de cuatro meses de sequía. Encantado de estar de nuevo con todos vosotros.


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18/8/13

SIN NOMBRE

Otro nuevo cuento surca el espacio y nos trae historias muy humanas. Tras este relato me viene el descanso. Mi portal y ascensor se ponen en obras y he de abandonar el piso por cerca de dos meses. Mi enfermedad no me permite andar entre tanta faena. En medio de los días seleccionados, alguno he de ir a A Coruña para ver a mis amigos gallegos. Saludos a todos, en nada volveré al tajo.


El paso del tiempo olvidó el nombre de aquel planeta pequeño que apretujaba a la población causando una ausencia de espacios verdes incluso bajo los mares circundantes. Hasta mi padre, que siempre estaba contándome historias de lo más variopintas, no fue capaz a hilar sílaba alguna que mentara a nuestro minimundo. Yemías, mi anciano abuelo, recordaba que existían unos lugares llamados bibliotecas donde se recogía en papel todos los conocimientos amasados durante siglos. No sé si estaba un poco chalado o lo estaban los miembros de la casta terrenal, nuestros gobernantes, que habían hecho desaparecer cualquier señal de aquellos libros. La tecnología y sus cansinos recopiladores de ciencia eran los encargados de aglutinar nuestros saberes en pequeñas esferas. La casta visual, nuestros controladores de información, resolvieron que el nombre del planeta no era interesante de almacenar y sobraba junto a otros detalles sin importancia que ocupaban demasiado espacio.

Desde que tengo uso de razón reconozco que siempre tuve gente decidiendo por mí. Incluso en la inmensa nave espacial que tripulaban mis padres llevábamos personas que gobernaban nuestros pasos. La vida que soportábamos estaba dirigida hasta el último detalle: transcurrían once meses yendo de un planeta a otro a intercambiar nuestra ciencia por sus alimentos y un mes para volver a casa a descargar nuestras mercancías y hacer una puesta a punto de la nave. La mayoría de la población éramos nómadas que compartían un desconocimiento total de su tierra a la que solo el cariño rescataba de su soledad.

 

Fue al cuarto día en el planeta, allá por mi descanso veintitrés, cuando todos los astros se congregaron para estropear el futuro de un mundo tan triste que ni tenía un mísero apelativo. El aire acondicionado estelar, que tanto servicio nos prestaba en un lugar tan pegado a su sol, empezó a ronronear de forma escandalosa y todo el mundo encendió sus ventiladores personales para paliar el intenso calor que se nos vino encima. La carga eléctrica llegó a parangones nunca antes alcanzados por lo que las estaciones gravitacionales tuvieron que enviarnos sus reservas mientras avisaban a un operario para solventar el problema. Era Domingo de Oración, cuando toda la casta celestial, nuestros asesores del alma, se congregaban a percibir a nuestro Señor en su sermón eterno. El resto de los mortales planetarios aprovechábamos la ocasión divina para vaguear a nuestras anchas, fieles a la tradición más ancestral. Por ello, se vieron obligados a mandar un trabajador en prácticas con su caja de herramientas destartalada y el libro de autoayuda
para chapuzas en apuros. Abrió el ejemplar a voleo al tiempo que sus ojos miraban expectantes a alguna palabra que le diera la clave para saber si se ubicaba en el lugar correcto. Leyó “color” y la emoción fue tan intensa que le jugó una mala pasada y le hizo creer que se trataba del término “calor”. Comenzó su extenuante trabajo tomándose un ligero descanso que le relajara de tan agotadora tarea y así poder airearse con el tomo de marras. De vuelta al tajo, reabrió el manual con tan buena suerte que lo hizo por la página correcta. Lo ojeó con detenimiento y le surgió una duda: ¿cuál sería la imagen correcta de aquellas dos tan parecidas? Su llave inglesa virtual enganchó la imagen errónea y la enlazó accidentalmente con la cuenta atrás para explosionar el planeta con un meteorito. Una voz relajante, que apenas incitaba a la evacuación urgente, comenzó una cuenta atrás desde el número un millón por la megafonía. La muchedumbre no se dejó llevar por la voz hipnótica y empezó una huida desmedida hacia las naves más próximas, olvidando las más que prudentes instrucciones de los simulacros de abandono del planeta. Ante la avalancha, tuvimos que cerrar todas las compuertas de nuestra nave interestelar. Así todo, no impedimos que se llenara nuestro navío de viajeros nerviosos que rebasaban nuestro cupo en dos o tres cifras. El despegue tuvo que esperar por culpa de los histéricos pasajeros que se habían quedado en tierra y que impedían nuestra partida con sus cuerpos. La llamada de otras aeronaves hizo que comenzaran a reaccionar y corrieran vociferantes alejándose de nosotros.

 

-¡Emergencia, emergencia! Se solicita a todas las naves interestelares que regresen de inmediato y recojan a todo el personal alojado en las naves de barrio que navegan alrededor de nuestro satélite. Meteorito chocara con nuestro planeta.  ¡ Emergencia,…

El mensaje se repetía incesante a través de los intercomunicadores espaciales mientras la nave se deslizaba renqueante por las pistas de despegue. Me dirigí fatigoso hacia mi cuarto para sentarme delante de mi visualizador de galaxias y poder echarle un último vistazo a ese pedazo de lejanía en el que había nacido. La nave encendió los motores de propulsión y se distanció del pasado. Unas pequeñas gotas se deslizaron por mis párpados. Mensajes indicando los lugares de encuentro de los azorados visitantes se dejaron oír por los amplificadores de toda la nave. Algo se movió debajo de mi cama. Lentamente el navío interestelar volvió a la rutina de los once meses viajando. Tiré por la colcha para arriba y miré. Esta vez la nave no se encaminó al hiperespacio, lugar donde adquiría la velocidad de la luz. Un hombre me miraba asustado desde el fondo de la cama. La nave necesitaba un lugar donde proseguir con sus reparaciones. Le tendí la mano y le hablé.

-Sal, no tengas miedo.

-Yo no quería. La llave inglesa tropezó con el meteorito.

Se trataba del operario en prácticas que había armado aquel desaguisado. No había ningún meteorito rondando la órbita del planeta y su único miedo era que fuera castigado con la pena máxima: treinta años vagando por el ciberespacio. Decidimos guardar silencio y esperar a la rectificación de otras naves. Lo colé como un pasajero externo y lo asignaron a mi camarilla. Mientras tanto, la nave seguía buscando un planeta adecuado para las tareas de reparación.

 

Llevábamos cerca de un mes reparando la nave en un planeta donde el agua y la tierra inundaban el ecosistema de vida. Me tocó trabajar en una micronave exploradora que me daba la oportunidad de conocer los entresijos del planeta. Los animales poblaban toda su geografía pero no encontramos la presencia de seres inteligentes. Cada palmo, cada sorpresa, cada alucine me hacían amar un poco más aquel lugar. El sentimiento comenzó a compartirse con mis allegados. Pronto se unieron al sentimiento mis familiares. Cuando me di cuenta, el resto de micronaves lo gritaban en libertad. Enseguida se generalizaron los viajes a pie por los alrededores como manera de matar el tiempo libre. Se montaron algunas tiendas de campaña como cobijo nocturno para periplos más largos.

-Nave AX23, todo ha sido una falsa alarma, regrese al planeta. Repito, regrese al planeta. No ha habido choque alguno con un meteorito.

La comunicación fue recibida a regañadientes por la mayoría de los ocupantes de la nave interestelar. Solo las castas superiores consideraron una bendición el regreso. Los tripulantes, con el bagaje de recorrer medio universo, jamás habían vivido una experiencia tan intensa. Se conocían planetas, estrellas, galaxias… pero nunca se sintieron, se amaron, se saborearon… Una nueva forma de experimentar la vida iniciaba su andar. Solo el viaje cercano llenaba de gozo a la persona. De nada servía conocer lo lejano si no sabías vivir lo que te rodea.

Por primera vez en la historia del planeta Sin Nombre hubo un motín. Sacamos todo lo aprovechable de la nave interestelar y la dejamos partir con las castas insufribles, organizadoras de vida. De ellos nunca más supimos. Nosotros empezamos a vivir de verdad. Al fin éramos conscientes de quiénes éramos y qué queríamos. Al fin supimos que un planeta, si se ama, no puede existir sin un nombre. El nuestro lo llamamos Hogar.

 
SI NO HAS LEÍDO EL PRIMER CUENTO CALCA ABAJO EN SU TÍTULO:
 
 

 

 
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12/8/13

MICROINVITADA 32

LUISA HURTADO GONZÁLEZ
 



Creo que una de las razones por las que empecé a escribir fue por el placer de entrar en una papelería, abrir los cuadernos, sentir el tacto del papel, elegir un bolígrafo, ver como resbala sobre la celulosa y… volver a empezar. Sin embargo, a día de hoy y no deja de ser una pena, sólo uso el ordenador: para recoger las frases que leo aquí y allá que me han impactado o en las que creo que “puede haber algo”, para dejar en algún lugar las imágenes o las palabras que en ocasiones me asaltan (un faro en el desierto, un globo que ve cómo el niño ha dejado de sujetarlo, o “una grulla”, escribo y a continuación, “una hormiga y un muerto”). Son algo así como esquejes de micros, los guardo en un archivo durante un tiempo indeterminado a la espera de que llegue el momento de buscar la historia, de que la frase me llame o, simplemente, tenga que cortarlo, eliminarlo y sustituirlo. En ocasiones las historias empiezan con un “¿y si… ?”, ¿y si contase una receta de cocina como si fuese una corrida de toros, y si… ?”. Muy pocas veces conozco el final; soy la primera en leerme, en sorprenderme y en juzgarme.

No sé mucho más de mí y sólo hay dos reglas sagradas:

-Pelearme, dar vueltas a las frases las veces que haga falta hasta que “el ritmo, la música” parezca ser el adecuado. Hasta que suene bien dentro de mi cabeza.

-Alejarme del texto, irme a dormir, releerlo otro día; obligándome a reescribirlo o tirarlo a la basura llegado el caso.

El micro que os traigo es uno de esos que nació de un “y si…”. Un juego, un experimento, que espero que os guste.

En cualquier caso, antes de que empecéis a leerlo, sólo un momento: dejadme que le dé las gracias a Nel, por traerme a esta casa, por hacerme un hueco entre los que para mí solo pueden ser y son ilustres invitados. Un auténtico honor, gracias. Muchas gracias.




 

A las 11:30 del día de ayer, un hombre armado con un bolígrafo y una goma entró en la página 126 de una novela del centro. Pocos minutos más tarde, retenía a algunas frases, marcándolas en rojo, llegando incluso a empujar a veinte de ellas a un margen, donde las mantuvo sentadas en el más absoluto silencio bajo la amenaza de hacerlas desaparecer. Tiempo después, con algún criterio que no se ha llegado a establecer, liberó a algunas, obligándolas a entrar en algunos párrafos cercanos o escribiéndolas entre líneas, con aparente prisa y letra ilegible; si bien, veinticuatro horas después del asalto, sabemos que ninguna de ellas presenta faltas de ortografía y todas están afortunadamente ilesas.

A día de hoy, el secuestro continúa. Nos consta que aún hay algunos rehenes entre paréntesis; rehenes que sólo serán liberados, usando las palabras del propio secuestrador, cuando alguien le proporcione a esta maldita historia un final aceptable. 


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5/8/13

REBELDES SIN CAUSA PROBADA





La juventud de Villapalofrío empezaba a cansarse de tanta condescendencia con sus mayores. Siempre vivían sus canas de rodillas, como pidiendo perdón, callando cuantas órdenes recibían de sus señores. La plaza central del pueblo fue el lugar señalado para celebrar la primera concentración, el primer grito de libertad. Pero cuando se reunieron nadie los detuvo, nadie los disolvió. Recibieron un trato despreciativo, como de imberbes. Quedaron en verse al día siguiente para realizar alguna acción más contundente.
Los pedruscos fueron el arma elegida para lanzar aunque  el único objetivo posible lo marcaban las casas de los dos señores ancestrales. Ruido de cristales rotos y voces de regocijo se mezclaron con el silencio de los represores.
La violencia aumentaba jornada a jornada en busca de la confrontación. Empezaron a ser molestos por lo que llamaron a una comisión negociadora  de la revuelta. Nervios y vacilaciones se adueñaron de la chavalería. El más resuelto de los jóvenes quedó en representar al movimiento.
El acuerdo llegó a regañadientes. El mozo resuelto les convenció para firmarlo muy a pesar de su carencia de logros. Hubo una votación para elegir al representante que vigilaría el estricto cumplimiento del acuerdo. Fue elegido el que todos sabían, el audaz mozo. Desde entonces, los jóvenes no vivieron de rodillas como sus padres pero callaban ante todo lo que dictaminaba su nuevo vigilante.





No paso el año sin que a Villapalofrío lo nombraran pueblo ejemplar. Sus calles se adaptaron al paso real con guirnaldas de flores, adornos realizados en seda importada y fotos de su alteza el rey de Birloque en tres dimensiones. La mañana de la visita, la villa se aromatizó con los manjares de mesas de distinto sentir. El Club de Campo preparó sus instalaciones para agasajar a tan ilustre personalidad inaugurando dos nuevos hoyos de golf con los nombres de su majestad y señora. El pistoletazo de salida se hizo con la llegada a la plaza central de su alteza real y comitiva a las cinco de la tarde. La banda de Villapalofrío tocó el himno nacional y el alcalde entregó las llaves de la localidad. Ahí se acabó cualquier contacto de la plebe con su rey. Las personalidades más selectas del contorno se encargaron de agasajarlo con una cena de postín y un baile de un sublime cambio de parejas nocturno.

Sin embargo, los jovenzuelos de las grandes familias se reunieron en una de las casas de los señores de la localidad. La selecta combinación de pastillas de diseño, alcohol de importación y música pinchada por el mejor discjockey de la ciudad acabaron en una escalada de sexo y vejación. Piscinas, habitaciones, salones, cocina… fueron testigos del desmande más chic corrido en aquella localidad y circundantes.

En mitad de la noche la luz se cortó de improviso y la música dejó un vacío metafísico para unas almas tan acostumbradas a civilizaciones superiores a las habidas en aquel pueblucho. Uno de los nietos de los señores de la casa ordenó a dos criados, que estaban siendo enseñados en el mundo del placer, a ir al sótano y subir los plomos. Sus linternas alumbraron las escaleras que bajaban a las bodegas y vacilantes se acercaron al lugar ocupado por los plomos. Abrieron la caja donde descansaban tan inoportunos cachivaches y palparon para comprobar cuáles estaban bajados. Se empezaron a oír gritos infernales  humanos y llamadas de socorro maripijas por toda la casa. Nerviosos allá abajo, dudaron si subir corriendo a ver lo que sucedía o acabar su misión tan oportuna. Golpes de caer cuerpos pesados y arañazos salvajes los paralizaron. Poco a poco, miraron para los plomos. Ninguno estaba bajado…


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29/7/13

POETAS EN EL TINTERO 3

MARILUZ GH
 


Antes que nada, gracias por la invitación.

A la hora de escribir soy un poco caótica o anárquica, mejor. A veces es una palabra la que me da una idea para escribir y otras es una imagen; incluso un sonido puede activar mis neuronas; y me dejo llevar por esa magia. Suelo escribir de un tirón y rara vez me detengo a corregir, tal vez porque soy mujer de improvisaciones.

Últimamente estoy embarcada en un proyecto poético-pictórico, por eso me ha parecido oportuno compartiros mi reflexión tras la mirada del cuadro "La Joven de la Perla". Me puse en el lugar de la joven, pero ya en sus años de madurez y, tal vez, desengañada del amor.

Espero que disfrutéis su lectura tanto como yo al escribirlo.






LA JOVEN DE LA PERLA


Me sentaré al portal
en el frescor de la tarde,
cuando los rayos del sol
buscan refugio en el horizonte
y el estallido del rojo en el poniente
despierta todos los sentidos.

Me sentaré a esperarte
como cada vez que recuerdo tu nombre
sin importar las ausencias,
sin esperar efímeros regresos,
solo por el placer de sentarme
y dejar que el aire mueva mis cabellos
hoy grises y ayer color azabache;
y dejar que las sombras me abracen
sin miedo a la noche.

Me sentaré a mirar las gaviotas
presurosas regresando a la playa,
bailando la danza del fuego
del horizonte que arde sin quemarse.

Me sentaré con un libro en las manos,
cualquier libro que mantenga las manos quietas,
y buscaré la palabra exacta
para ese momento de mágica muerte,
cuando quien muere es la tarde
y alguna vez, la esperanza.

Me sentaré a recordarme
en aquellos estados de vigilia constante
cuando tú te escapabas de mi lado para verla,
cuando yo dejé de amarte,
cuando encaneció mi pelo
y dejé de ser: la joven de la perla.


 

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