La llamada fue tardía. En la comisaría sólo quedaba el retén de noche. Cogí el teléfono y la voz sonó callada, como ida. Un hombre había llegado aquella semana a su barrio. En la casa se oían ruidos extraños. Había escuchado en la radio lo del psicópata en la ciudad y correspondía a la descripción de aquel hombre. Colgó. No dijo ni barrio, ni calle, ni casa.
A la semana me volvió a tocar guardia. El teléfono sonó incesante. La voz habló repetida. Afirmó que éramos unos dejados, que no nos habíamos preocupado lo más mínimo del psicópata. Le recordé que no había dejado ninguna dirección y así difilmente lo íbamos a coger. La dio y colgó.
Empezamos la investigación. Se trataba de un hombre de pelo lacio y castaño. Su cara denotaba cansancio. Sin embargo, sólo se le veía salir a la compra por las mañanas y volver a encerrarse en la casa. Después de hacer el seguimiento, el hombre casaba con la forma de actuar de un psicópata. Pereparamos un combinado de policía local y nacional, en sus medidas justas para que no chocáramos e hiciéramos mucho ruído. Entramos por el tejado, el portal y el club nocturno. La puerta cayó. El hombre salió esposado. Los gatos no dejaban de maullar. Pedían leche y su amo no estaba para alimentarlos. Cuando montamos un operativo, no nos andamos con chiquitas. Con un poco de suerte el hombre sólo saldría acusado de pederasta. Por supuesto que era de gatos, pero pederasta. Minudanzas.
Ilustrador:
Miguel Jiménez